LA MATERNIDAD DEL ALMA
LA REINA SIN COLMENA
Hay un dolor que no sangra, pero que duele en los huesos del alma. Es el dolor de la mujer que despierta cada mañana con los brazos vacíos, con el oído afinado a un llanto que no escuchará, con el corazón diseñado para un latido que no será el de un hijo propio. La naturaleza, en su caprichosa y a veces cruel sinrazón, le ha negado la posibilidad de gestar. Y como si esa ausencia no fuera ya una herida suficientemente profunda, el mundo le muestra a diario el escaparate de la injusticia: hijos e hijas abandonados en cunetas, maltratados en sus propios hogares, miradas de niños y niñas que piden a gritos un abrazo que los sostenga.
Y ahí reside la paradoja más desgarradora. La mujer que tiene un océano de amor para dar, que sueña con noches en vela y caricias que curan, se enfrenta a un doble espejo. En uno, se ve a sí misma, estéril para la biología, "incompleta" para los cánones sociales. En el otro, ve a esos niños y niñas que nadie abraza, y siente una punzada de una injusticia cósmica: "Ese amor que sobra en mí, le falta a ese niño. Ese niño que necesita una madre, es el hijo que yo no puedo tener".
No es envidia lo que siente. Es una hermandad en el dolor. Es el alma de madre que, al no tener un hijo a quien ceñir, ensancha su mirada y abraza a la humanidad entera. Porque cuando el instinto no encuentra un solo cuerpo en quien depositarse, se convierte en un río que fecunda todo a su paso.
Esta mujer no es menos madre; es madre de una manera distinta. Es la madre que no pare, pero que acoge. Es la que no da la vida en un parto, pero la sostiene con su ternura en el día a día. Es la que no tiene un hijo, pero tiene una forma de mirar al mundo que es profundamente maternal. Su vientre no fue el lugar de la gestación, pero su corazón sí es el útero donde caben los que sufren, los olvidados, los que otros no supieron querer.
Y aquí llegamos a la metáfora más hermosa y certera: "es la abeja reina, la reina madre de todas las madres".
Pensemos en la abeja reina. En la colmena, ella es el centro, el origen de la vida, la que asegura la continuidad. Pero su función no es la misma que la de las abejas obreras, que salen al mundo a recolectar el polen, a construir la cera, a alimentar a las crías. La reina, desde su cámara, es el alma de la colmena. Sin ella, la colmena no tiene rumbo.
Así es esta mujer. Es la reina de una colmena que no es la suya. Su maternidad no es la de la obrera que se afana en la crianza de unos pocos, sino la de un principio vital que fecunda la idea misma del amor. Ella es la madre de la naturaleza porque comprende que la vida no es solo lo que nace de uno, sino todo lo que se cuida. Es la madre de todos porque su amor no entiende de apellidos ni de herencias genéticas, solo entiende de necesidad y de ternura.
Mientras que la madre biológica es el canal por el que llega una vida al mundo, ella es la tierra que acoge a todas las vidas. Mientras que una madre cría a sus hijos, ella cría la esperanza del mundo. No es una madre frustrada, es una madre expandida. Su maternidad es tan profunda que no cabe en un solo hijo; necesita desbordarse en cada niño que llora, en cada adolescente perdido, en cada adulto que necesita consuelo.
Sí, todas las madres son hermosas. La que da el pecho, la que cura las heridas de la rodilla, la que se desvela. Pero ella... ella es la reina. Porque su amor no vino dado por un hecho biológico, sino que fue una elección del alma. Decidió ser madre a pesar de que su cuerpo no la acompañara. Decidió que su esterilidad no sería un vacío, sino una puerta ancha para que cupiera todo el amor del mundo.
Su misión en la vida no es menos importante, es quizás más compleja: es la de demostrar que la maternidad es, en esencia, un acto del espíritu. Es la de ser el refugio para aquellos a los que la vida les negó un regazo. Es la de llorar por los hijos de otras como si fueran suyos, porque en su corazón, lo son.
No pudo ser madre de un hijo, pero se convirtió en madre del amor. Y el amor, cuando es así de inmenso, no necesita gestar cuerpos, porque lo que realmente gesta son almas. Almas que, gracias a su mirada, se sienten, por fin, hijas de alguien…
Paco Rentería
¡Gracias, gracias, gracias, por todo y por tanto!
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