EL AMOR NO ENTIENDE DE TIEMPOS
El amor que trasciende no es aquel que desafía las leyes de la física desafiando lo imposible, sino aquel que las cumple en un nivel tan profundo que parecen magia. Es el amor que no necesita promesas de "para siempre" porque ya habita en un presente perpetuo: estuvo ayer, está hoy, estará siempre. No porque sea inmutable, sino porque es una frecuencia que se sintoniza más allá del tiempo lineal.
Ese amor no conoce distancias porque la distancia es solo una ilusión del espacio vacío. Cuando dos personas se conectan cuánticamente —y permitan la metáfora, porque la ciencia aún balbucea lo que el corazón ya sabe—, no hay kilómetros que separen lo que vibra al unísono. Es el amor que hace que una llamada llegue justo cuando más se necesitaba, o que una sonrisa se recuerde con la misma nitidez décadas después.
Tampoco conoce de tiempos. No le importa si han pasado años sin verse o si apenas se conocen desde hace un suspiro cósmico. Porque el amor trascendente no se mide en calendarios, sino en intensidades. Un solo minuto junto a la persona adecuada puede contener más eternidad que toda una vida gris.
Y entonces está la química. Esa que no entiende de razones. Cada detalle se graba en la memoria sensorial con una nitidez que ninguna cámara podría igualar, la de los ojos del alma.
El amor está en la cercanidad de un roce y en la lejanía de lo inalcanzable. Está en lo tangible del aroma y en lo misterioso de su permanencia. Pero está. Y estará siempre. No porque sea indestructible —todo amor puede herirse—, sino porque una vez que ha existido en esa intensidad, deja una huella que el universo entero no puede borrar.
Ese amor no teme a la muerte, ni al olvido, ni al tiempo cósmico. Porque si algo es eterno, no es la duración, sino la profundidad. Y cuando dos almas se han visto tan profundo, ya nada puede separarlas del todo.
Paco Rentería
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