LA SOMBRA DE LOS FALLECIDOS, Ó LA LUZ DE LOS TRASCENDIDOS



BAJO LA CÚPULA 


Un oráculo fragmentario, una mapa existencial trazado con la tinta de la pérdida y la posibilidad. Hablo de una elección fundamental, la más importante que enfrenta quien ha mirado de frente el abismo de la ausencia: decidir bajo qué cúpula habitar. Esta cúpula no es un lugar físico, sino el arco que sostiene el cielo de nuestra propia vida emocional y espiritual. Y en su cúspide, dos fuerzas antagónicas nos vigilan: la sombra de los fallecidos y la luz de los trascendidos.


La primera opción es la cúpula de la sombra. Pero no se trata de una sombra cualquiera; es el espectro de aquellos que "murieron en ellas las ilusiones". Habla de una muerte en vida, de un fallecimiento no del cuerpo, sino del espíritu, del deseo, de la esperanza que alguna vez habitó en el ser amado. Elegir esta cúpula es perpetuar esa muerte. Es vivir bajo el yugo de un dolor prolongado, permitiendo que la decepción y el duelo no resuelto de los que partieron se conviertan en la arquitectura de nuestro presente.


La imagen es desoladora pero precisa: la sombra "solo espera estar en lo más alto, arriba de nosotros como la del Sol y desaparecer". La sombra tiene una ambición paradójica: anhela la cima para, desde allí, aniquilarse con nosotros en un acto de fusión final. Su objetivo no es iluminar, sino cobijarnos —o más bien, cobcenarnos (sepultarnos)— "con los sueños truncados o extendidos de los seres amados". Es una invitación a convertirnos en monumentos funerarios de quienes ya no están, a vivir como extensión de sus frustraciones, cargando con sus ilusiones no cumplidas como si fueran las nuestras. Es la inmovilidad del mausoleo.


Frente a esta inercia sepulcral, se alza la otra cúpula: la de la luz. No habla de "la luz de los fallecidos", sino de "la luz de los trascendidos". El verbo trascender implica un movimiento, un haber atravesado algo. No son aquellos que se quedaron atrapados en sus ilusiones muertas, sino aquellos que "te amaron" y, desde ese amor, lograron dar el salto hacia otro estado. Su muerte no fue un final estéril, sino una transformación.


Vivir bajo esta cúpula es aceptar su herencia más pura: no la carga de sus sueños truncados, sino el impulso vital de su amor. La imagen se vuelve cósmica y activa. Estos seres trascendidos no se han ido; se han convertido en soles. Ellos "ateían a que brille más todos los días". La palabra "ateían" es reveladora: no encendieron un fuego estático, sino que avivaron la llama, la atizaron para que crezca. Su función no es ser el centro de nuestra vida, sino ser el catalizador que aviva nuestra propia luz.


La gran propuesta de este fragmento es que el duelo no tiene por qué ser una condena a la sombra. La elección de la cúpula es un acto de volición, de poder. Elegir la luz es comprender que el amor de quienes trascendieron no nos ata al pasado, sino que nos lanza hacia un futuro. Es permitir que "tu luz más su luz" se fundan no para crear un eco de lo que fue, sino para "deslumbrar tu mente, tu espíritu, tu horizonte".


Este deslumbramiento no es una iluminación pasiva; es una fuerza expansiva. La cúpula de la luz no es una bóveda que te encierra, sino un nuevo "manto de luz" bajo el cual se despliega una "aventura nueva". La palabra "aventura" es clave: implica riesgo, incertidumbre, vida en movimiento. Mientras que la sombra te congela en la posición de quien llora un pasado perdido, la luz te invita a ser protagonista de un presente por construir.


Al final, enfrento a una pregunta esencial: ¿Cómo honramos a quienes amamos y se han ido? ¿Los fijamos como estatuas en un jardín de sombras, donde su única función es recordarnos la pérdida? ¿O los convertimos en soles que nos autorizan a brillar?


La sombra de los fallecidos nos ofrece la falsa seguridad de la lealtad eterna a un pasado muerto. Pero la luz de los trascendidos nos ofrece algo más difícil y más verdadero: la libertad de seguir viviendo con intensidad. Trascender, para los que se fueron, fue su viaje. Trascender, para los que quedamos, es decidir si su partida será un muro o un horizonte. Elegir la luz es entender que el mayor homenaje a quienes nos amaron no es perpetuar su sombra, sino dejar que su amor, ya libre de la gravedad de la materia, se convierta en el viento que aviva nuestro propio fuego.


Bajo la cúpula de la luz, el dolor no se niega, pero se transforma. Deja de ser un eco que nos habla de la muerte, para convertirse en una nota que se integra en la sinfonía de una vida que se atreve a seguir siendo nueva. Porque al final, los que trascienden no nos piden que vivamos en su recuerdo, sino que vivamos como ellos amaron: con la intensidad suficiente para que, algún día, nuestra luz también pueda servir para atizar la hoguera de quienes vendrán después.


Paco Rentería 

Comentarios

  1. ¡Qué manera de crear conciencia para honrar a nuestros seres amados, tomar su luz para nuestro andar y alimentarla siempre! Gracias por tan magnífica reflexión ✨️🕊🙏🏻

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Entradas populares