EL PODER

 ENTRE EL TEMPLO Y EL PÚLPITO


El poder como un templo para orar o un púlpito para castigar. Esta imagen religiosa no es casual. Tocar la esfera de lo divino implica que quien ostenta el poder a menudo juega a ser dios, decidiendo quién merece salvación y quién condena.


Imaginemos el poder como un templo. Un templo, en su esencia más pura, es un espacio sagrado, de recogimiento, de servicio a algo superior a uno mismo. Quien ejerce el poder desde esta óptica se concibe a sí mismo como un guardián o un servidor. Su función no es engrandecerse, sino crear un espacio donde la sociedad pueda prosperar, donde haya justicia, orden y oportunidades. Es el poder que construye escuelas, que tiende puentes (físicos y sociales), que protege al débil. En este templo, la "oración" es la escucha activa de las necesidades del pueblo, la reflexión sobre el bien común y la humildad de saber que el poder es un depósito, no una propiedad.


El púlpito, en cambio, es un lugar elevado, desde el cual se dicta una verdad absoluta y, a menudo, se lanzan anatemas. Es la voz de la autoridad que no admite réplica. Cuando el poder se convierte en un púlpito, la prioridad ya no es el servicio, sino la imposición de una única voluntad. Se utiliza para "castigar" a quienes disienten, a quienes no se pliegan, a quienes son vistos como obstáculos. Desde este púlpito, las leyes no son pactos sociales, sino látigos. La crítica no es una contribución, sino una herejía.


El "En-diosamiento" del Ego y la Fuente del Poder. Esta es la raíz de la corrupción del poder. No es el poder en sí mismo el que corrompe, sino la embriaguez que produce en un ego sin límites. La persona olvida que el poder le fue otorgado (por delegación, por confianza ciudadana, por circunstancias históricas) o, en el peor de los casos, comprado.


·El poder otorgado conlleva una responsabilidad sagrada: un contrato tácito con quienes lo depositaron en uno. Traicionar eso es el mayor de los pecados cívicos. El poder comprado es, directamente, un botín de guerra. Quien lo adquiere por medios ilícitos (dinero, coerción, engaño) no siente ninguna obligación con el bien común. Para él, la sociedad es un territorio a explotar, y las personas, meros recursos o estorbos.


Cuando el poder se compra o se arrebata, el "en-diosamiento" es instantáneo. El nuevo "dios" no necesita templo, solo un púlpito desde el cual dictar su voluntad y un altar donde sacrifique a quien se le oponga. "Pasar por arriba, destruye",.: el camino del poder corrupto está pavimentado con los restos de vidas, instituciones y esperanzas aplastadas.


El poder puede ser la mejor herramienta o la peor arma humana: Como herramienta, es como el fuego: nos permitió cocinar alimentos, forjar metales, calentar hogares. El poder, bien usado, organiza, construye, cura, educa, protege. Es la energía colectiva puesta al servicio de un propósito común. Un líder que usa el poder como herramienta se rodea de los mejores talentos, fomenta el debate y busca soluciones. Como arma, el poder también es como el fuego, pero en su faceta incendiaria: arrasa bosques, consume hogares, deja cenizas. Es la capacidad de coerción llevada al extremo de la tiranía. Quien lo usa como arma siembra miedo, elimina la disidencia y concentra la riqueza y la oportunidad en una élite.


 ¿cómo distinguimos, en tiempo real, el templo del púlpito? ¿Cómo discernimos si quien ostenta el poder lo hace como servidor o como tirano?


Quizás la respuesta esté en observar a quién benefician las decisiones. ¿Las políticas públicas crean un templo de oportunidades para muchos o son un púlpito desde el que se protege y engrandece a unos pocos? ¿El disenso es recibido como una ofrenda de mejora en el templo, o es castigado como una blasfemia desde el púlpito?


El poder, es una fuerza inmensa. Y como toda fuerza, no tiene moral intrínseca; la moral la pone quien la ejerce. La historia de la humanidad es, en gran medida, la crónica de esta lucha perpetua: la batalla entre construir templos y levantar púlpitos, entre usar la mejor herramienta y desatar la peor arma.


Porque también en lo cotidiano, decidimos si nuestro pequeño espacio será un templo de apoyo o un púlpito de juicio.


Paco Rentería 

Comentarios

Entradas populares