EL VERDADERO AMANTE


La palabra amante yace, en el imaginario común, secuestrada por el código civil y el juicio moral. Se le asocia con la transgresión de un contrato, con la sombra que habita en los márgenes de una relación legitimada. Sin embargo, al situarla muy lejos del término usado para relaciones extra maritales, se inicia un acto de desobediencia semántica: se la libera de su confinamiento jurídico para reinstalarla en su verdadero hogar, que es el de la filosofía del espíritu, la ética del cuidado y la estética del encuentro.


El verdadero amante no es aquel que se oculta, sino aquel que se manifiesta en su totalidad. El amante personifica el verbo amar. No es quien siente amor de manera pasajera, sino quien es el amor en acción perpetua. Es un verbalizador permanente: su existencia se traduce en un gerundio infinito, en un amando continuo que no admite pausas contractuales ni intermitencias del deseo. Aquí radica la primera gran ruptura: el amante no tiene un amor; el amante es la materialización del amor.


Esta materialización, sin embargo, no es ingenua ni meramente pasional. Es una totalidad que abarca el cuidado, la protección, la complacencia física y espiritual, la ayuda y la iluminación. En esta enumeración se dibuja una suerte de ética de la plenitud. El amante no es un devorador de emociones, sino un cuidador de almas. Al unir lo físico con lo espiritual, se rechaza el dualismo que separa el cuerpo del espíritu en el acto de amar. El amante verdadero comprende que la caricia no es un simple estímulo, sino un lenguaje; que la protección no es posesión, sino el acto de crear un espacio seguro donde el otro pueda desplegarse sin temor.


El amante da significado a la belleza de significado profundo de la palabra amor. Esto sugiere que el amor, en sí mismo, es un concepto vacío o demasiado abstracto hasta que es habitado. La belleza de la palabra “amor” es solo una promesa estética; es el amante, con su obrar, quien la dota de verdad. Sin el amante, el amor es una idea; con él, se vuelve experiencia, historia y memoria.


La complicidad es, quizás, el vínculo más sofisticado que puede existir entre dos personas, pues no se funda en la obligación, sino en la elección consciente y compartida. El amante no es un espejo que refleja al otro, sino un compañero de ruta que camina al mismo paso, que conoce los silencios, las heridas y las glorias del otro sin necesidad de nombrarlas. Esa “pareja perfecta” no es aquella exenta de conflictos, sino aquella donde ambos han acordado que el amor es el escenario principal, donde todo lo demás—la pasión, la ternura, la inteligencia—se convierte en ingredientes de todos los días.


Lejos de la épica romántica de los amores imposibles, el verdadero amante sabe que el amor no es solo la cima del éxtasis, sino también la constancia de los días grises. La pasión sin ternura es vorágine que destruye; la ternura sin inteligencia es condescendencia que aburre. La inteligencia, ese ingrediente que suele omitirse en las definiciones convencionales del amor, se vuelve crucial. El amante verdadero ama desde su admiración intelectual. Esto eleva el amor por encima del mero instinto o la necesidad afectiva. Amar intelectualmente es maravillarse ante la forma de pensar del otro, ante su manera de resolver el mundo, ante su ética. Es un amor que no se cega, sino que elige ver con mayor nitidez la complejidad del ser amado.


Amante el que sabe amar con el arte del amor. Al invocar el arte, se introduce la noción de maestría. El amor no es un sentimiento que simplemente ocurre (como un resfriado o una casualidad), sino una disciplina, una técnica que requiere aprendizaje, práctica, paciencia y un conocimiento profundo del material con el que se trabaja: la libertad del otro. Como el artista con su obra, el amante no posee al otro, sino que se relaciona con él en un proceso de creación mutua. La obra de arte, en este caso, es la relación misma: algo vivo, inacabado y que solo existe mientras es cultivado con esmero.


Aquí desmantelo el arquetipo del amante como figura del engaño para erigir el arquetipo del amante como figura del compromiso radical. El verdadero amante no es el que rompe un contrato social (el matrimonio), sino el que honra el único contrato que verdaderamente importa: el que se firma con la esencia del otro y con la vocación de hacer del amor una práctica diaria, total y consciente. Llevar ese nombre, no es un derecho adquirido por la pasión inicial, sino una distinción que se gana en la intimidad de cada día, donde la inteligencia admira, la ternura sostiene y la complicidad lo consagra.


 El verdadero amante es el ser humano cuando se atreve a vivir el amor como su razón de ser



Paco Rentería 

Comentarios

Entradas populares