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CRÍTICA AL FANDOM

La envidia del éxtasis ajeno, la molestia frente a la felicidad fanática Hay algo profundamente revelador en la incomodidad que provoca ver a alguien entregarse por completo a su música favorita. No es simple desagrado estético, ni una legítima diferencia de gustos. Es un espejo que nos devuelve nuestra propia incapacidad para permitirnos ese nivel de entrega. Criticar al fanático se ha convertido en una forma solapada de construir identidad. El gesto de señalar con ironía a quien llora en un concierto de BTS, corea cada verso de Bad Bunny o revive su juventud con U2, es en realidad un intento de erigirse en juez de intensidades ajenas. Y detrás de ese tribunal improvisado se esconde una pregunta incómoda: ¿por qué la pasión del otro nos amenaza tanto? La respuesta probablemente está en la vulnerabilidad. El fan no se protege: canta aunque desafine, baila aunque le miren, se emociona sin calcular. En una cultura que premia la pose, el desapego y el sarcasmo como supuestas marcas de int...

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