EPSTEIN: MAL DESBORDA EL MAL

 


Esto es una disección. No se trata de un hombre, sino de un arquetipo: la encarnación de un mal que no pide permiso, que no negocia con la conciencia, que se sienta en la mesa del poder y exige un asiento.


Analicemos el mal en el mal. Porque cuando hablamos de Jeffrey Epstein, no hablamos de un traspié ético, ni de un “pecador” en el sentido teológico clásico. Hablamos de una estructura, de un sistema óseo hecho de dólares y silencio, donde el alma fue extirpida quirúrgicamente para dejar paso a un apetito.


¿Qué tipo de mal es este? :La filosofía, suele clasificar el mal en dos categorías: el mal por debilidad (aquel que nace de la ignorancia, la pasión o la necesidad) y el mal por malicia (aquel que nace de la voluntad consciente de destruir). Epstein trasciende esta clasificación.


Epstein pertenece a una tercera categoría, la más rara y abominable: el mal como estética. Para él, el daño no era un medio para un fin (placer sexual inmediato), sino el fin mismo. La coerción, la destrucción de la inocencia, la trata de menores, no eran “errores” ni “adicciones”; eran la confirmación de su poder absoluto.


Cuando Hannah Arendt habló de la “banalidad del mal”, se refería a la incapacidad de pensar del otro lado. Epstein no es banal. Es lúcido. Su maldad es inteligente, calculadora y metódica. No hay locura en él; hay una lucidez fría que hace que su perversión sea aún más insoportable. Si el mal banal es la burocracia del horror, el mal de Epstein es la arquitectura del horror. Diseñó propiedades (la isla, la mansión) con la precisión de un ingeniero que construye una cámara de tortura, no por odio a las víctimas, sino por amor al control.


Contrario a lo que se cree, Epstein era intelectualmente brillante. Pero aquí radica la gran confusión de nuestra época: confundimos la inteligencia cognitiva con la inteligencia moral.Epstein representa la aberración de la inteligencia sin conciencia. Desde una perspectiva psicológica, encaja con los criterios más severos del trastorno antisocial de la personalidad (psicopatía). Sin embargo, la psicopatía clínica suele ser caótica eventualmente. Epstein logró lo que pocos psicópatas logran: institucionalizar su depredación.


La antropología nos recuerda que lo que define al Homo sapiens es la capacidad de formar alianzas basadas en la empatía recíproca. Epstein pervirtió la alianza. No usó el dinero solo para comprar silencio; usó el dinero y el acceso (príncipes, presidentes, científicos, magnates) como un escudo epistemológico. Hizo que el poder mirara hacia otro lado, no por miedo a él, sino porque él representaba el espejo de sus propias corrupciones.


El depredador que se engendró a sí mismo (No determinista). Aquí debemos ser radicalmente existencialistas. Sartre decía que el hombre está condenado a ser libre. Epstein llevó esa libertad al extremo de la monstruosidad.


No podemos excusarlo en un determinismo biológico o social. No hubo una infancia “tan terrible” que explique esto. Hubo una elección. Una y otra vez, día tras día, durante décadas, Epstein eligió ser un pederasta. Eligió construir una red. Eligió no tener un ápice de reparación.


Esto es lo más aterrador para el humanismo: la idea de que un ser humano, con pleno uso de sus facultades racionales, elija voluntariamente dedicar su vida a la aniquilación del alma de los demás. Si el determinismo fuera cierto, podríamos encontrar una “causa” y sentir lástima. No. Aquí no hay lástima. Hay un abismo de libertad mal empleada. Epstein es el testimonio de que la libertad sin ética no es liberación; es depredación.


Hablemos claro, sin eufemismos médicos ni legales. Epstein no era un “amante de menores” ni un “epiléptico moral”. Era un violador sistémico. La violación, en este contexto, no era un acto sexual; era un acto de aniquilación de la subjetividad ajena. La antropóloga Pamela Reynolds ha estudiado cómo en ciertos contextos de poder extremo, el cuerpo del otro se convierte en un territorio a conquistar para afirmar la divinidad propia. Epstein creía ser un dios. Y los dioses, en la mitología pagana, a menudo violaban porque la ley moral no estaba hecha para ellos.


Pero Epstein no era un dios. Era un humano que compró la impunidad. Al vestir su depravación con “dólares, diamantes y coronas”, logró que el sistema (judicial, político, social) lo tratara como si estuviera por encima de la condición humana. Ahí está la segunda pata del mal: no solo el acto en sí, sino la complicidad estructural.


El primer pináculo del inicio de la decadencia humana vestida de dólares”. Pero con un matiz: Epstein no es el inicio, es la exacerbación.


La decadencia comenzó cuando aceptamos que el valor de un ser humano se mide por su capacidad de acumulación. Epstein es el síntoma más puro de una civilización que canoniza al superhombre nietzscheano mal entendido. Nietzsche habló de la voluntad de poder como creación. Epstein la redujo a posesión y destrucción.


En su ensayo La decadencia de la mentira, Oscar Wilde decía que la vida imita al arte mucho más de lo que el arte imita a la vida. Epstein imitó la caricatura más sórdida del capitalismo salvaje: convirtió a las niñas en mercancía, en activos líquidos que circulaban entre sus “amigos” como si fueran acciones en la bolsa de valores de la perversión.


Desde una perspectiva filosófica existencial (Heidegger, Sartre, Camus), el mal absoluto no es “algo” que se añade al ser; es un vacío. Es la ausencia de ser.


Epstein no era un ser humano “corrupto”; era un agujero negro de empatía. Cuando uno lee los testimonios de las víctimas, lo que emerge no es la figura de un sádico que goza con el sufrimiento ajeno en el sentido teatral (como un villano de cómic), sino la de un hombre que no podía ver a los demás como humanos. Las víctimas eran extensiones de su propiedad.


San Agustín definía el mal como la ausencia del bien (privatio boni). En Epstein, esa ausencia era tan total que su inteligencia, su dinero y su poder se convirtieron en instrumentos de nihilismo práctico. No creía en nada excepto en su propio apetito. Y cuando una sociedad eleva el apetito individual por encima del daño colectivo, genera monstruos como este.




No podemos permitirnos el lujo de la sutileza.

Epstein es un recordatorio de que la civilización es una capa muy delgada de hielo sobre un océano de barbarie. Mientras la justicia terrenal se conformó con dejarlo morir en una celda (una muerte que huele a complicidad hasta el día de hoy), la justicia histórica nos exige no olvidar.


El mal no es una fuerza externa que “posee” a las personas. Es una decisión reiterada de cancelar la humanidad del otro.


Cada vez que un poderoso usa su posición para tocar lo intocable, cada vez que el dinero compra el silencio de un sistema judicial, cada vez que miramos hacia otro lado porque “no nos incumbe”, estamos regando la semilla de la que brotan los Epstein.


Para quienes aún dudan de la naturaleza del mal, miren la fotografía de Epstein en yate, rodeado de poder, con la sonrisa de quien sabe que no habrá consecuencias. Esa sonrisa es la esencia del mal absoluto: la certeza de la impunidad.


La pregunta ya no es “¿qué es el mal?”. La pregunta, después de Epstein, es: ¿estamos dispuestos a desmantelar las estructuras que lo hicieron posible? Porque mientras existan islas privadas, cuentas opacas y justicia para dos velocidades, Epstein no será un monstruo único. Será un prototipo.


Paco Rentería 

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