SORORIDAD

 Hablar de sororidad en el siglo XXI es, paradójicamente, tanto un acto de fe como un ejercicio de honestidad intelectual. La palabra, que etimológicamente hermana a las mujeres desde el latín soror, se ha instalado en el discurso público como un faro de esperanza y un arma de construcción de género. Sin embargo, reducirla a un concepto monolítico, a un "blanco" inmaculado de hermandad perfecta, es tan peligroso como negarla por completo, situándola en el "negro" de la imposibilidad. La verdadera potencia de la sororidad, su capacidad para generar un cambio profundo y duradero, reside precisamente en su complejidad, en ese crisol de matices grises que la convierten en un valor contingente, una lucha de todos los días, y no en un dogma estático.


La tozudez de un feminismo extremo, que a menudo exige una lealtad inquebrantable y una uniformidad de pensamiento, corre el riesgo de construir una nueva jaula con los barrotes de la vieja opresión. Al exigir que la sororidad sea un vínculo automático e incuestionable basado únicamente en la biología o la experiencia compartida del patriarcado, se cae en la misma lógica totalizante que se critica: la de negar la individualidad, la discrepancia y la complejidad del ser humano. Si una mujer no puede cuestionar a otra, si no puede señalar sus privilegios de clase, raza u orientación sexual sin ser tildada de "traidora", entonces el andamiaje construido es de papel maché. Acabaríamos, en el mismo lugar donde empezó esta digna lucha: en la fragmentación, en la desconfianza y en la reproducción de dinámicas de poder que se pretendían desterrar. La historia del feminismo está plagada de estos dolorosos quiebres internos, lecciones vivas de que la uniformidad forzada no es sinónimo de unidad.


Entonces, ¿cómo navegar este crisol de grises? El camino no es la renuncia a la sororidad, sino su redefinición constante. Se trata de pasar de una solidaridad automática a una contingente. Una sororidad inteligente no es la que dice "te apoyo en todo porque eres mujer", sino la que afirma "te apoyo en tu lucha por la equidad, aunque a veces discrepe en los métodos, y espero lo mismo de ti". Esta perspectiva nos permite encontrar las aristas correctas: aquellas donde, a pesar de las diferencias ideológicas, generacionales o culturales, identificamos un punto de dolor común o un objetivo compartido que nos impulse a tender puentes.


Este enfoque reconoce que la sororidad es, ante todo, un andamiaje. Una estructura que no es permanente ni visible todo el tiempo, sino que se erige cuando es necesaria para construir algo en común o para sostener a alguien en un momento de vulnerabilidad. Puede ser la red de cuidados informales entre vecinas, el mentorazgo profesional de una ejecutiva a una joven becaria, o la ola de apoyo público a una colega sometida a una campaña de desprestigio por razones de género. En cada caso, el andamiaje se ajusta a las necesidades específicas, reconociendo las diferencias de altura, de peso y de material. No es una estructura única y prefabricada.


Encontrar las aristas correctas implica, por tanto, un ejercicio diario de discernimiento y empatía activa. Implica aceptar que la sororidad puede ser incómoda. Puede significar tener que señalar a una amiga cómo cierto privilegio la ciega ante una realidad, y hacerlo no desde la superioridad moral del "feminismo correcto", sino desde la voluntad de construir juntas una mirada más lúcida. Implica también saber cuándo callar y ceder el protagonismo a otras voces, reconociendo que no todos los espacios de lucha nos pertenecen de la misma manera.


El gran desafío, y la mayor inteligencia de esta lucha, es transitar de la sororidad como un estado (se es o no se es sorora) a la sororidad como una práctica (se ejerce o no se ejerce, se construye o no se construye). Es un verbo, no un sustantivo. Es la acción contingente de tender la mano, a pesar de las diferencias, porque se comprende que la emancipación de una no es completa sin la emancipación de todas, pero también que el camino de cada una es irrepetible y debe ser respetado.


La verdadera profundidad de la sororidad no reside en su pureza, sino en su capacidad para abrazar la contradicción. Es reconocer que pueden ser, a la vez, aliadas y críticas, hermanas y desconocidas. En un mundo que nos empuja a los extremos, habitar los grises de la sororidad es un acto de valentía política y de madurez humana. Es comprender que la dignidad de la lucha de la mujer no se defiende con muros infranqueables, sino con puentes que, aunque a veces inestables y siempre en construcción, les  permita caminar juntas hacia un horizonte de justicia más amplio, sin repetir los errores de un pasado que nos enseñó que el poder absoluto, incluso con apariencia de hermandad, siempre corrompe. Es, en definitiva, una lucha de todos los días, un andamiaje contingente que sostiene la esperanza de un futuro donde la palabra "sororidad" no sea necesaria porque la equidad sea un hecho. Pero mientras ese día llega, habra  que  ejercerla con toda su complejidad y matisses.


Paco Rentería 

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