MUJER
Hablar de la mujer es intentar abrazar el infinito con los brazos. Cada palabra que se escribe es una gota en el océano de su esencia, un susurro en la sinfonía de su existencia. Reducirla a un discurso sería tan absurdo como pretender encerrar la luz del amanecer en una caja. Sin embargo, duele y conmueve tanto su grandeza que el alma se ve obligada a intentarlo.
La mujer es, ante todo, el útero del mundo. No solo en el sentido biológico, crudo y tangible de crear vida en el misterio de su vientre, sino en esa capacidad única de parir realidades con la mirada, de gestar esperanzas con la paciencia, de amamantar sueños con la ternura. Hay una sabiduría antigua en sus manos, incluso en las que nunca han sostenido un hijo, porque la maternidad también es un acto del espíritu: es la vocación de cuidar, de proteger, de tejer redes donde otros ven abismos.
Pero he aquí la paradoja que la engrandece: es frágil y es inquebrantable en un mismo latido. Puede quebrarse como el cristal ante una palabra hiriente, y sin embargo, sostener sobre sus hombros el peso de una familia, de una sociedad, de una historia entera, con la entereza de una montaña. Es la paradoja de la rosa y el acero. Esa sensibilidad que se le atribuye no es debilidad, como erróneamente pregona una cultura adormecida; es la antena finísima que le permite percibir el dolor ajeno, la alegría oculta, la necesidad no expresada. Porque quien da la vida, o la cuida, aprende a escuchar el latido del mundo.
De ahí surge su valentía. No es la valentía del arrojo ciego, sino la de la resistencia cotidiana. La de levantarse antes del alba, la de conciliar el llanto de un hijo con las exigencias de un trabajo, la de reinventarse después de cada caída. Es la guerrera incansable que no siempre lleva espada, pero sí una sonrisa que remueve montañas o un silencio que lo contiene todo.
Por eso es tan crucial dignificarla. Porque la mujer no es un objeto para la mirada, ni un adorno para la existencia masculina, ni un campo de batalla ideológico. Dignificarla es ver en ella a la compañera, a la amiga que celebra tus triunfos como propios, a la esposa que construye un hogar no de paredes, sino de confianza, a la hermana que es raíz y refugio. Dignificarla es también alzar la voz contra quien la denigra, contra quien reduce su cuerpo a mercancía, su inteligencia a anécdota o su lucha a simple histeria.
Y en esa lucha, la verdadera voz feminista no es la que incendia, sino la que ilumina. No es la que levanta muros para encerrarse, sino la que tiende puentes para encontrarse. Un puente de empatía hacia el hombre que también debe liberarse de sus propias cadenas, un puente de comprensión hacia la historia que la silenció, un puente de esperanza hacia las niñas que vienen detrás. Ese feminismo no alude al vandalismo, sino a la justicia poética de un mundo donde lo femenino no sea complemento, sino esencia misma del equilibrio.
Porque la mujer es naturaleza. Es el ciclo de la luna en su sangre, la paciencia de la tierra en su espera, la furia del mar en su pasión, la belleza indómita de un paisaje que jamás podrá ser creado por mano humana. Esa belleza no es solo la del rostro, que el tiempo, necio, intenta marchitar. Es la belleza del alma que se agiganta con las arrugas, de la mirada que ha visto demasiado y aún así decide seguir amaneciendo.
Así pues, estas palabras no son más que un intento torpe de rendir homenaje a la Diosa. A la madre que nos enseñó el primer latido, a la amiga que nos sostuvo la caída, a la compañera que camina a nuestro lado, a la guerrera que libra batallas que ni siquiera vemos. No necesitas un mes, mujer, para ser celebrada, porque tu esencia es perpetua como el ciclo del agua, eterna como el misterio de la vida. Pero qué hermoso es que, por unos días, el mundo acuerde detenerse a mirarte y balbucear, asombrado, un gracias que siempre se quedará corto. Felicidades, no por la fecha, sino por la eternidad que llevas dentro.
Paco Rentería