EXPLICAR EL AMOR ???
El amor: llave de lo inefable
Hay realidades que se resisten a la cárcel de las palabras. El amor es una de ellas. Decir qué es el amor resulta empresa vana, casi un sacrilegio, porque el amor no se explica: se vive, se siente. Intentar definirlo es como querer atrapar el viento en una caja de cristal: lo que queda dentro ya no es el viento, sino su silencio.
Y sin embargo, qué contradicción: no podemos callarlo. Porque el amor habita en nosotros con una intensidad que exige ser nombrada, aunque sea a tientas, aunque sea con la torpeza de quien señala la luna y sabe que su dedo no es ella.
El amor es, antes que nada, un verbo encarnado. No pertenece al reino de las ideas puras ni a los manuales de psicología. Se anuncia en un pulso acelerado, en una mano que tiembla al rozar otra mano, en la mirada que se demora donde no debería. Quien ama no necesita preguntar qué es el amor: lo reconoce en el nudo de la garganta, en la certeza absurda de que el mundo, de pronto, pesa menos. Pero tan pronto como se quiere traducir a conceptos, el amor se escurre, se hace humo. Por eso los poetas no definen: insinúan, sugieren, rodean. Saben que la única manera de decir el amor es no diciéndolo del todo.
El amor genera nostalgia en los recuerdos. Ahí reside una de sus paradojas más hondas: el amor no solo mira hacia adelante, hacia el encuentro; también hacia atrás, hacia lo que ya fue y ya no es. Recordar a quien se ama es abrir una herida dulce. La nostalgia del amor no es el lamento del que perdió, sino el temblor del que aún posee y sin embargo ya intuye la fugacidad de todo. Cada recuerdo compartido es una pequeña eternidad que se sabe finita. Por eso el amor y la memoria van de la mano: amar es también atesorar, guardar instantes como quien guarda semillas, con la secreta esperanza de que vuelvan a florecer.
El amor genera deseo en la pasión. No un deseo vulgar, ansioso de consumo, sino el fuego que descubre al otro como territorio infinito. El deseo amoroso no busca poseer: busca encontrarse una y otra vez, como dos ríos que confluyen sin perder su cauce. La pasión es el vértigo de saberse vivo frente a la mirada del otro, la urgencia de decir lo que nunca termina de decirse, de tocar lo que nunca se agota. Quien ama desea porque el amor no es un estado de reposo, sino una tensión creadora: el impulso de seguir encontrándose en lo que aún no ha sido.
El amor genera plenitud en la unión. Y aquí alcanza su cima más alta y más silenciosa. Cuando dos almas se abren por completo, cuando las máscaras caen y los miedos se disuelven, entonces la unión deja de ser fusión aniquiladora para convertirse en comunión. En ese espacio sagrado, el yo no desaparece: se expande. La plenitud del amor no es la posesión del otro, sino el asombro de que el otro nos complete sin anularnos, como el norte completa al caminante. En la unión verdadera, cada uno es más sí mismo porque es también con el otro. Y esa experiencia de totalidad es tan profunda que roza lo sagrado.
Por eso el amor es la llave que abre almas y corazones. Llave, no cerrojo. Llave que se entrega, que no violenta sino que invita. El amor abre porque confía: abre las defensas del que teme ser herido, abre las murallas del que aprendió a desconfiar, abre las puertas del que se creía solo. Y una vez abiertas, ya no se cierran del todo. Quien ha amado sabe que esa llave no puede devolverse; queda girando para siempre en la cerradura, y cualquier roce del recuerdo la hace girar de nuevo.
El amor es la llave que abre la plenitud de sentirse vivo y eterno con la persona que amas. Vivo: porque el amor despierta los sentidos que el hastío había dormido. De repente, un atardecer cualquiera se vuelve memorable, una canción trivial adquiere densidad de himno. El amor devuelve al mundo su frescura original. Y eterno: porque en los brazos del amado, el tiempo suspende su dictadura. Hay instantes de amor verdadero que no transcurren, que permanecen como islas fuera del río. No es que el amor venza a la muerte —sería una arrogancia— sino que, por un momento, nos hace olvidar que la muerte existe. Y ese olvido, aunque breve, es una forma de eternidad.
Al final, todo ensayo sobre el amor nace condenado a la derrota. Porque el amor, como la luz, no se describe: se habita. Quien lea estas líneas y haya amado reconocerá en ellas no una explicación, sino un eco. Quien no haya amado, las encontrará hermosas quizá, pero incomprensibles como un poema en una lengua muerta. Y así debe ser. El amor no se demuestra: se ofrece. No se define: se regala. Tal vez por eso los antiguos griegos tenían tres palabras para nombrarlo —eros, ágape, philia— como si supieran que una sola era insuficiente. Y aún así, les faltaron.
Mejor será entonces callar y amar. Porque al final, la única manera cierta de entender el amor es dejarse atravesar por él. Y allí, en ese silencio compartido, en esa mirada que no necesita traducirse, en esa mano que encuentra otra mano, se abre la cerradura más secreta del alma. Y uno, por fin, se siente vivo. Y eterno. Y en casa.
Paco Rentería
Comentarios
Publicar un comentario