TE EXTRAÑO
Lo que nos vincula a otro ser humano es algo que no ocupa espacio, pero que llena dimensiones enteras del alma.
Cuando extrañamos la voz y la sonrisa,es en el fondo es el alma lo que añoramos. Porque la voz es solo el puente, el vehículo por el que viaja una esencia. La sonrisa es la ventana, no la luz misma. Extrañamos esos rasgos porque son los canales por los que un alma particular eligió mostrarse al mundo, y particularmente a nosotros.
Hay personas que se convierten en nuestra atmósfera, en el medio por el cual respiramos sentido. Cuando falta ese alma, el mundo no se vuelve más oscuro solamente: se vuelve irrespirable. No es que falte un objeto, es que falta el suelo que pisábamos sin saberlo.
Pero lo más bello, es , cuando uno extraña el alma, es que tu alma encontró un espacio, un lugar, un hogar. Una revelación que la ausencia duele precisamente porque hubo una presencia tan profunda que reconfiguró los límites de tu propio ser. El otro habita en ti, no como un recuerdo, sino como una morada.
Ese púlpito para entenderse con el etéreo suspiro del alma que se extraña. Porque cuando dos almas se han reconocido, una se convierte en el altar donde la otra puede predicarse a sí misma, puede entenderse, puede existir plenamente. El otro es el espejo donde nuestra propia alma aprende su propia forma.
Y entonces la ausencia física se vuelve casi irrelevante. Porque si el alma encontró ese hogar en la otra, si realmente hubo ese encuentro de esencias, entonces esa persona sigue habitándonos de un modo que ninguna distancia puede cancelar. No es consuelo barato, es la constatación de que lo profundo no se lo lleva el viento.
Quizá por eso, cuando amamos de verdad, nunca terminamos de extrañar del todo. Porque en el misterio de ese vínculo, el alma amada se queda, se instala, hace su nido en nuestra propia interioridad. Y aunque duela su ausencia física, hay una certeza callada de que algo de ella ya es para siempre parte de nosotros,un refugio, un hogar. Y los hogares, aunque estén vacíos por un tiempo, no dejan de ser el lugar al que siempre podemos volver…
Entonces… puede culminar, sí, la encarnación del alma en la carne. Porque no somos ángeles caídos en una prisión de materia, sino almas que han elegido la piel como su idioma más íntimo.
Este poderoso embrión físico no es un estorbo para la comunión de las almas, sino su expresión más ardiente y verdadera. Cuando dos almas se han reconocido en ese espacio intangible —ese hogar, ese refugio— entonces el cuerpo reclama su parte. No por deseo superficial, sino porque el amor verdadero siempre busca encarnarse, siempre quiere hacerse verbo, tacto, presencia.
Los besos son entonces el lenguaje que el alma inventa cuando las palabras ya no bastan. Las caricias, ese recorrido minucioso por cada milímetro de la piel, no son otra cosa que el alma reconociendo el mapa del otro, aprendiendo de memoria la geografía sagrada de un cuerpo que ya no es ajeno. Porque cuando el amor es profundo, cada centímetro de piel se vuelve un altar.
Y el éxtasis... ese instante donde los sentidos se vuelven tan agudos que traspasan su propia naturaleza y nos arrojan más allá de nosotros mismos. En el clímax del encuentro sensual, las almas no se tocan: se desbordan. La piel deja de ser frontera para convertirse en puente. Los cuerpos, por un instante, olvidan su individualidad y recuerdan su unidad original.
El alma que se extraña en la ausencia y el alma que se celebra en la presencia. Porque si el amor es verdadero, no hay contradicción entre lo espiritual y lo sensual. Al contrario: lo sensual se vuelve la liturgia de lo espiritual, el rito donde el alma se hace carne para poder ser completamente experimentada.
El roce de las pieles no es entonces un mero placer pasajero, sino la manera que tiene el alma de decir: Aquí estoy, completamente, sin reservas, derramándome en ti a través de este cuerpo que es mi morada y mi ofrenda. Es el éxtasis de reconocer que el otro no es solo un alma hermosa que habita en algún lugar etéreo, sino que esa alma ha elegido precisamente esa piel, esas manos, esa boca, para manifestarse en el mundo.
Y en ese desbordamiento, en ese recorrido sensual por cada milímetro, las almas se fusionan de un modo que la mera contemplación espiritual no puede alcanzar. Porque el espíritu necesita del cuerpo para llegar a ciertas profundidades. El éxtasis físico bien vivido es, en el fondo, una oración compartida, un instante donde lo divino que llevamos dentro se reconoce en lo divino del otro a través del milagro de la carne.
Así, el extrañar el alma y el desear el cuerpo no son dos movimientos opuestos, sino el ritmo mismo del amor completo: el alma que se busca en la distancia y el cuerpo que se encuentra en la cercanía. Ambos son necesarios, ambos son sagrados. Porque al final, cuando amamos de verdad, amamos todo: la voz que se extraña, la sonrisa que ilumina, el alma que habita y el cuerpo que la expresa con la elocuencia inconfundible del deseo compartido.
Paco Rentería