LA FUERZA DEL DESEO FRENTE A LA PASIVIDAD DE LA ESPERA

Hay palabras que se nos quedan en la boca como monedas gastadas. “Espero que estés bien” es una de ellas. La decimos por inercia, con la misma energía con la que se suelta un “cómo estás” sin esperar respuesta. Y sin embargo, al analizarla con atención, descubrimos que esa frase encierra una trampa sutil: la de la pasividad.


“Espero” proviene del latín sperare, que significa aguardar, tener esperanza. Pero la esperanza, en su forma más pura, es un estado de suspensión. Quien espera se coloca en una posición de recepción inmóvil: espera que llueva, que llegue el bus, que el otro mejore. No hay en ese verbo un impulso, un movimiento del alma hacia el otro. Hay, en el mejor de los casos, una buena intención que se queda a medio camino, como una carta que nunca se sella.


En cambio, “deseo que estés bien” —o su variante más plena, “deseo que todo salga bien”— implica una acción interior. El deseo, del latín desiderare, tiene una raíz más profunda: de sidere, literalmente “de las estrellas”. Desear era, en su origen, sentir la falta de un astro, mirar al cielo y anhelar. Es un verbo que contiene movimiento, dirección, una flecha que se lanza desde el corazón hacia un destino.


Cuando le dices a alguien “espero que estés bien”, tu frase tiene la misma textura que un deseo incumplido. El interlocutor siente, quizás sin saberlo, que tú te quedas en tu orilla. “Espero” te sitúa como espectador: observas desde la distancia, con los brazos cruzados, mientras el otro se las arregla con su malestar o su bienestar. No hay en esa expresión un compromiso vibracional, una entrega de energía. Es la frase de quien no quiere mojarse.


Por eso el usuario del lenguaje común la ha vuelto un cliché: porque no exige nada. Es segura, cómoda, políticamente correcta. Pero precisamente por eso es débil.


Decir “deseo que estés bien” es otra cosa. Es pronunciar una pequeña plegaria. Es activar la intención como una fuerza que sale de ti y va a posarse sobre el otro. Cuando lo diriges a la divinidad —a la broa, al espíritu, al universo— no estás pidiendo desde la expectativa pasiva, sino desde la potencia creadora de la palabra. El deseo, en muchas tradiciones esotéricas y religiosas, es el primer paso de la manifestación. No se desea algo que ya está ahí; se desea algo para que empiece a ser.


En el plano espiritual, “deseo que todo salga bien” es un acto de fe activa. Reconoces que no controlas el resultado, pero decides lanzar una vibración positiva, una orden silenciosa al cosmos. “Espero”, en cambio, es una pregunta velada: “¿Será que sí? ¿Será que no?”. El que espera duda. El que desea confía.


No se trata de corrección gramatical, sino de ética del habla. Cada palabra que decimos es un pequeño hechizo. Si repites “espero que estés bien” durante años, tu inconsciente aprende a mantenerse a distancia de los demás. Aprendes a no implicarte, a no poner el corazón en lo que dices. En cambio, “deseo que estés bien” te obliga a un estado de presencia. No puedes desear de verdad sin sentir, sin conectar.


Invito a tus familiares y amigos a ese pequeño cambio revolucionario: cuando quieras el bien de alguien, no le digas que esperas que lo esté. Díselo con el verbo que mueve las estrellas. Deséaselo. Porque desear no es pasivo: es el primer acto de creación. Y porque, en el fondo, todos necesitamos sentir que hay alguien que no solo espera que estemos bien, sino que lo desea con toda su fuerza, como se desea el agua en el desierto o la luz después de la tormenta.


Así que la próxima vez, cierra los ojos un instante y di: “Deseo que estés bien”. Notarás que la frase vibra distinto. Y quien la recibe, aunque no sepa por qué, sentirá que no es una moneda gastada, sino una semilla viva.


Paco Rentería 



Comentarios

  1. "El que espera duda. El que desea confía."

    Me quedo con estas palabras que resuenan con lo que soy y profeso hacia la gente que quiero.
    ¡Muchísimas gracias, Paco! 💜✨

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