EL FILO DE LA PALABRA


El ser humano es, ante todo, un animal narrativo. No solo habitamos el mundo, sino que lo nombramos, y al nombrarlo, lo creamos y lo destruimos en el mismo acto. Una palabra incorrecta puede abrir una inmensa oscuridad. Pero, ¿por qué una simple combinación de sonidos o letras posee semejante poder? Porque la palabra no es solo aire o tinta: es el vehículo del reconocimiento.


Cuando amamos, confiamos o simplemente convivimos, depositamos en el otro la custodia de nuestra vulnerabilidad. Una palabra dicha a destiempo, un adjetivo que humilla, un silencio que traiciona la promesa de una respuesta esperada: todo ello puede fracturar el tejido más íntimo de una relación. No se trata del sonido, sino del significado que porta y, sobre todo, del vínculo que ese significado hiere. La palabra ofensiva no actúa sobre la piel, sino sobre la identidad. "Nunca valiste nada" no describe un hecho: lo instaura, al menos en el eco de quien la recibe.


El lenguaje, entonces, es el instrumento de la gracia y de la destrucción. ¿Qué es la gracia sino la palabra que sana, que reconoce, que dice "te veo" y "eres digno"? Frente a la palabra que abre oscuridad, existe la que enciende una luz minúscula pero suficiente. El perdón, la disculpa sincera, el elogio inesperado: todos ellos son actos de creación. Reconstruyen la confianza allí donde el silencio o el rencor habrían dejado ruinas.


Sin embargo, hay una asimetría cruel: la palabra destructora suele ser más rápida y más memorable que la constructora. Una humillación pública se recuerda décadas después; un cumplido puede olvidarse en horas. La oscuridad que abre una palabra incorrecta no se cierra con facilidad, porque las palabras tienen memoria y el alma humana, cicatrices.


Reflexionar sobre esto nos obliga a preguntarnos: ¿somos conscientes del filo que manejamos cada vez que hablamos? En la cotidianidad, la mayoría de nuestras palabras son banales, rutinarias. Pero basta una, una sola fuera de lugar, para que el abismo se asome. Por eso, quizás, la sabiduría antigua recomendaba medir las palabras antes de soltarlas. No por miedo, sino por responsabilidad.


Al final, el poder de la palabra nos recuerda algo incómodo: que nuestra humanidad no se define solo por nuestra capacidad de pensar, sino por la manera en que elegimos nombrar al otro. Y cada nombre que damos, cada juicio que emitimos, es un pequeño acto de creación o de aniquilación. No hay término medio. Porque incluso el silencio —esa palabra no dicha— también habla.


Paco Rentería

Comentarios

Entradas populares