EL MENÚ MENGUANTE

 


Llega una edad biológica —no siempre cronológica, más bien existencial— en la que uno puede mirar hacia atrás y constatar, con serenidad o con vértigo, que el pasado ya pesa más que el futuro. No es una derrota. Es un cambio de estación. El horizonte ya no se expande hacia adelante como una promesa infinita; se pliega, se vuelve más nítido, y de pronto comprendes que el tiempo no es un recurso renovable, sino un plato degustación del que quedan pocos bocados.


Ese descubrimiento transforma la manera de cocinar la vida. Ya no se trata de acumular: ni amigos por docena, ni experiencias por currículum, ni afectos por compromiso. Entonces la metáfora del menú gourmet de los familiares, las amistades, las actividades y las aficiones. Un menú que, sabiamente, se va haciendo más pequeño. No por empobrecimiento, sino por depuración. Un menu dégustation en el que cada plato ha sido seleccionado con el cuchillo afilado de la experiencia.


¿Qué queda en ese menú menguante? Lo esencial. Aquellos que sostienen, no los que restan. Personas que suman experiencia compartida, alegría sin artificio, ganas de vivir contagiosas, mente positiva entendida no como ingenuidad sino como coraje. La cercanía se convierte en un criterio de calidad, no de cantidad. El círculo se reduce, pero se vuelve íntimo como una cocina de leña. Porque sabes, con la certeza del que ha catado muchos platos, que un solo abrazo sincero pesa más que cien apretones de manos interesados.


Este proceso tiene una arista que muchos llaman egoísmo. Y lo es, pero de una especie rara: un egoísmo de selección. No es el capricho del niño que quiere todo para sí; es la disciplina del catador que ya conoce los sabores que le sientan mal. Has vivido lo suficiente para reconocer los olores, colores y sabores de ciertos humanos: el olor a manipulación disfrazada de cariño, el color gris del resentimiento crónico, el sabor agrio de quien siempre resta energía. Y decides, con toda la responsabilidad de tus años, no querer jamás eso en tu vida. No es mezquindad. Es cordura.


El tiempo y el horizonte finito reconfiguran la calidad de tus amores y afectos. Ya no amas por inercia, ni por obligación, ni por miedo a la soledad. Amas con la conciencia de que cada encuentro podría ser uno de los últimos. Eso no entristece: agudiza. Vuelve cada conversación más densa de presencia, cada abrazo más consciente, cada silencio compartido más elocuente. El amor se vuelve menos romántico (en el sentido idealizado) y más real: más cuidado, más elegido, más agradecido.


Y en ese mismo movimiento, valoras el mundo como un lugar para crecer, aprender y explorar. No desde la acumulación frenética de destinos o logros, sino desde el conocimiento que nace de la experiencia reposada, del amor genuino que no exige posesión, de la belleza de trascender para uno mismo. Trascender, aquí, no significa dejar un monumento ni un legado público. Significa habitar la propia vida con tanta profundidad que, al final, puedas decir: fui fiel a mi menú. No comí lo que me sirvieron, sino lo que elegí después de mucho paladear.


Así, tener más pasado que presente no es una pérdida. Es una ganancia de densidad. El menú se hace pequeño, pero exquisito. Y en esa pequeñez cabe todo lo que realmente importa: unos pocos rostros, unas cuantas risas, un puñado de atardeceres compartidos, y la paz de saber que el egoísmo bien entendido es, en el fondo, el arte de no malgastar el tiempo en lo que no merece la pena.


Al final, cocinar la vida es como cocinar un buen guiso: importan más los ingredientes que la cantidad, más el fuego lento que la prisa, más el cariño con que se sirve que el tamaño de la mesa. Y cuando el horizonte se acorta, la mesa se vuelve más sagrada. No por miedo a que termine, sino por la certeza de que cada bocado es, en sí mismo, suficiente.



Paco Rentería 

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