EL HUMANO SE FRAGMENTO
EL HUMANO SE FRAGMENTO
Hubo un tiempo, quizás imaginario, quizás esencial, en el que el término "humano" bastaba. No se necesitaban apellidos, credos, fronteras ni saldos bancarios para reconocerse en el otro. La frase que abre esta reflexión Todos éramos humanos hasta que la raza nos desconectó, la religión nos separó, la política nos dividió y el dinero nos cosifico - no es solo una denuncia; es una genealogía de nuestra herida civilizatoria. Cada palabra pesa como un diagnóstico: cuatro fracturas sucesivas que transformaron al animal simbólico en un ser extrañado de sí mismo.
La raza: la primera gran mentira biológica Filosóficamente, la raza es un constructo sin asidero genético sólido —el 99,9% del ADN es idéntico en todos los humanos—, pero sociológicamente se convirtió en el muro más temprano. Cuando el europeo del siglo XVI inventó la "raza" para justificar la trata y el genocidio, no solo clasificó cuerpos: desconectó la empatía. Ya no era posible ver en el otro al hermano; se veía al siervo, al salvaje, al subhumano.
Pensadores como Frantz Fanon mostraron que el racismo no es un prejuicio irracional, sino una estructura de mirada que convierte la piel en sentencia. La raza nos desconectó porque reemplazó el rostro por la etiqueta. Y cuando la mirada ya no busca el alma, la humanidad se fragmenta en castas.
La religiónes son abrazo que se vuelve espada. En su origen profundo, lo sagrado era puente: ritos comunes, mitos compartidos, miedo al trueno y esperanza en la cosecha. Pero cuando la religión se institucionaliza, el dogma suplanta al misterio. La separación no viene de Dios, sino de sus intérpretes. La cruz, la media luna, la estrella de David: todas fueron antes símbolos de cobijo y después trincheras.
Sociológicamente, Émile Durkheim mostró que lo sagrado cohesiona, pero su reverso es la excomunión simbólica del que cree distinto. La religión separa porque crea electos y condenados, puros e impuros. Filosóficamente, Kierkegaard advertía que la fe verdadera es soledad radical frente a lo Absoluto; las religiones históricas, en cambio, son máquinas de producir ortodoxias. Así, lo que debía unirnos con lo trascendente terminó separándonos entre nosotros.
La política de la polis al partido. Aristóteles definió al humano como zoon politikon —animal político—, es decir, ser cuya plenitud solo alcanza en comunidad. Pero la política que nos divide no es la de la ágora deliberativa, sino la del amigo-enemigo que teorizara Carl Schmitt. Cuando la política se reduce a facción, lealtad a una sigla y odio al adversario, desaparece el bien común.
El problema no es el disenso, que es sano, sino la división como fin en sí misma. La política moderna —especialmente la mediatizada— ya no busca solucionar problemas sino movilizar identidades antagónicas. El otro no es alguien con quien se discrepa, sino una amenaza que debe aniquilarse electoral o discursivamente. Así, lo que debía ser gestión de lo colectivo se convierte en un torneo de lealtades donde lo humano sobra.
El dinero: la cosificación final. Karl Marx acuñó el término cosificación (Verdinglichung) para describir cómo en el capitalismo las relaciones entre personas adoptan la forma de relaciones entre cosas. Pero la frase va más allá: "nos cosificó" significa que el dinero nos convirtió en objetos valorizables.
Todos tenemos un precio, se dice. Y es cierto: en nuestro sistema, una vida humana vale según su productividad, su crédito bancario, su capacidad de consumo. El pobre es "lo que no tiene", el rico "lo que vale". La lógica mercantil penetra el amor (¿qué aportas a la relación?), la amistad (¿quién paga la cena?), incluso el duelo (¿cuánto costó el ataúd?). Georg Simmel, en su Filosofía del dinero, mostró que la moneda vuelve todo conmensurable, pero al hacerlo, aplana la singularidad. Lo humano se vuelve intercambiable.
Rehumanizarse como resistencia. Si la raza desconectó, la religión separó, la política dividió y el dinero cosificó, ¿queda algo de aquel "todos éramos humanos"? Quizás sí, pero como potencia, no como hecho consumado. Rehumanizarse exige a manera de ver :
· Desmentir la raza con encuentros reales y genealogías mestizas.
· Habitar la fe sin muros, como místicos y herejes que supieron que Dios es más ancho que cualquier dogma.
· Recuperar la política como cuidado, no como guerra de trincheras.
· Usar el dinero sin dejar que él nos use —trueques, economías solidarias, donación—.
La herida es profunda, pero el humano es el animal que puede recomenzar. La frase inicial no es un epitafio: es una invitación a recordar que, antes de toda etiqueta, fuimos simplemente personas mirando a otras personas. Y quizás, en ese recordatorio, empecemos a re-conectarnos.
Paco Rentería
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