EARTH DAY - DIA DE LA TIERRA

 


Paraíso que se desvanece


Hoy, 22 de abril, nos detenemos a mirar un nombre: Día de la Tierra. Pero la Tierra no necesita un día. Necesita siglos de reparación, décadas de cordura, años de humildad. Lo que llamamos celebración es, en realidad, un réquiem anticipado.


Vivimos el colapso silencioso del paraíso. No de un jardín mitológico, sino del único hogar que tenemos: esta corteza azul suspendida en la negrura. Y lo estamos destruyendo con la torpeza de un heredero que malgasta un tesoro que no supo valorar.


El caos climático es apenas el síntoma más visible. Detrás hay un caos social —fronteras que se cierran mientras los refugiados ambientales vagan sin patria—, un caos político donde los acuerdos se firman con tinta que se borra ante el primer lobby empresarial, y un caos humano que ha confundido velocidad con progreso, consumo con felicidad, ruido con vida.


Nuestro paraíso se acaba por nosotros mismos. No por un meteorito, no por una erupción furiosa de la naturaleza vengativa. La Tierra no se venga: simplemente reacciona. Y nosotros, ingratos, llamamos "desastre natural" a lo que es una respuesta justa a siglos de saqueo.


Una tierra sin leyes para proteger la casa de nuestros futuros. Las leyes existen, pero son laxas, permeables, escritas por los mismos que lucran con la destrucción. Los intereses inmobiliarios talan bosques milenarios para levantar urbanizaciones que se venderán vacías. Los lobbies perforan acuíferos, envenenan ríos, fragmentan hábitats. Y la demografía —esa palabra fría para hablar de millones de vientres y bocas— se convierte en excusa para justificar la codicia de unos pocos, cuando el problema no es cuántos somos, sino cómo consumen los que más tienen.


La conciencia se ha evaporado entre pantallas. La tecnología nos prometió conectarnos y nos ha desconectado de la lluvia, del olor de la tierra mojada, del canto de un ave que ya no volverá. Hemos cambiado el asombro por el algoritmo. Y con él, la empatía se ha atrofiado: duele más un comentario hiriente en redes que la noticia de un glaciar que se derrite.


Falta cultura. La verdadera, la que nos enseñaba que éramos parte de un tejido, no sus dueños. Las nuevas generaciones crecen con la ilusión de que todo es para siempre: el agua del grifo, el plástico desechable, el clima estable, la biodiversidad. No saben —porque no les hemos contado— que el mundo que conocen es un cadáver aún caliente.


Las especies se extinguen en silencio. Cada una es una palabra que se borra del diccionario de la vida. Y con ellas, se borra también algo de nosotros. Porque el humano deshumanizado ya no llora la pérdida del tigre o del coral; solo calcula cuánto dinero pierde o gana con ello.


Pero la Tierra no negocia. Nos reclama. No con odio —porque ella nos da todo y nos ama con la paciencia de una madre— sino con fiebres, con tormentas fuera de estación, con cosechas que fallan, con mares que suben como un suspiro contenido durante demasiado tiempo. No exige con violencia; solo muestra las consecuencias de nuestra estupidez. Y nosotros, desagradecidos, le respondemos con más cemento, más veneno, más indiferencia.


Somos desagradecidos con el universo, que nos concedió este rincón improbable para vivir. Desagradecidos con el cosmos, que tardó miles de millones de años en juntar los átomos correctos. Desagradecidos con la naturaleza, que no nos debe nada y nos lo ha dado todo. Y desagradecidos con nuestros ancestros, que supieron leer el vuelo de las aves, respetar el ciclo de la lluvia, y llamar madre a la tierra que pisaban.


Hoy, Día de la Tierra, no se trata de plantar un árbol simbólico ni de apagar una luz durante una hora. Se trata de preguntarnos, con el corazón encogido, si aún estamos a tiempo de aprender la lección más antigua: que no somos dueños de la Tierra, sino sus cuidadores pasajeros. Y que el paraíso no está perdido del todo. Pero se acaba. Y su fin no vendrá con un estallido, sino con un silencio: el último silencio de un mundo que ya no reconocemos porque dejamos de mirarlo.


Hoy, la Tierra nos reclama. No con palabras, sino con el peso de su cuerpo herido. Ojalá aún podamos escucharla.


Paco Rentería 

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