GRACIAS HOMBRE - MUJER DE LA PRE- HISTORIA
Hay un momento en la vida, a menudo inesperado, en que un hijo se convierte en espejo. Y en ese reflejo, el padre descubre una verdad que había postergado, enterrada bajo el peso de lo cotidiano. Así ocurrió conmigo: mi hijo me mostró la grandeza del hombre prehistórico. Y al mirarla de frente, entendí que habíamos estado invirtiendo los términos de una ecuación milenaria.
Ellos, aquellos que llamamos "hombres de las cavernas", no tenían nada de lo que nosotros consideramos indispensable. No poseían libros ni mapas, ni religiones que explicaran el trueno, ni dogmas que calmaran el miedo a la noche. No tenían un punto de partida. Su mundo era un vasto interrogante sin rutas trazadas, sin precedentes que consultar, sin tecnología que amortiguara el rigor del frío o la astucia de la fiera.
Y sin embargo, contra todo empirismo ciego, contra las falsas creencias que debieron surgir como sombras en sus mentes primerizas, contra la duda permanente y el misterio absoluto, fueron descubriendo. No heredaron un mundo: lo inventaron paso a paso. Aprendieron qué hongo nutre y cuál mata, qué piedra talla y qué madera arde más lento. Cada fogata fue un laboratorio sin nombre. Cada migración, una travesía sin brújula. Sobrevivieron y, más aún, hicieron sobrevivir a los suyos. Esa es la grandeza que mi hijo me ayudó a reconocer: la del que construye el camino mientras camina.
La paradoja, entonces, se vuelve insoportablemente clara. Nosotros, los modernos, los que tenemos todo, somos a menudo capaces de nada. Nos da gripa la primera gota de lluvia. Nos perdemos con automóvil y mapa electrónico. Tenemos acceso a toda la información humana acumulada en diez mil años, pero no aprendemos lo elemental: prender un fuego sin encendedor, orientarnos por las estrellas, reconocer una planta comestible. Hemos confundido el tener con el ser.
¿Quiénes son, entonces, los verdaderos hombres de las cavernas? - Quizá nosotros. Los que vivimos en refugios de concreto pero tememos a la intemperie. Los que acumulamos bienes pero sentimos un vacío que ninguna app llena. Los que disponemos de toda la historia y, sin embargo, repetimos errores ancestrales con una soberbia que ellos jamás conocieron. Porque la ignorancia del prehistórico era un punto de partida; la nuestra es un laberinto del que no queremos salir.
Pero no escribo esto para condenarnos, sino para recordarnos. Porque en algún lugar de nuestro cuerpo, en ese mapa antiguo que es el ADN, la valentía de aquellos hombres y mujeres sigue latiendo. Ellos no se rindieron cuando todo era adversidad. Nosotros no deberíamos rendirnos cuando todo es comodidad. Su fuerza no era muscular: era la capacidad de enfrentar lo desconocido sin más herramientas que la curiosidad y el coraje.
Así que gracias, ancestros prehistóricos. Gracias por cada piedra tallada, por cada semilla guardada, por cada noche en vela escuchando los rugidos de la oscuridad. Gracias por su testarudez de vivir. Porque gracias a ellos —a su valentía silenciosa y anónima— el humano de hoy está aquí. Y sigue. Y puede, si se lo propone, que ese antiguo ADN florezca otra vez en uno. En mi hijo. En mí.
Hoy, frente a él, entendí que la caverna no es un lugar del pasado. Es cualquier espacio donde decidimos no crecer. Y salir de ella, como ellos hicieron, sigue siendo el único acto verdaderamente heroico.
Paco Rentería
Gracias hijo por inspirarme a realizar este ensayo
Que hermoso Paco, gracias por compartir tu SER y por compartir con nosotros tú virtud estás dejando 2 grandes semillas de talento y bondad, luz y progreso constante pará sus caminos que su misión sea cumplida cada instante, donde derramen la grandeza que les has enseñado.
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