TRATAR A ALGUIEN NO COMO ES,SINO COMO ESTÁ LLAMADO A SER
POTENCIALIDAD HUMANA
En el telar de las relaciones humanas, el hilo con el que tejemos la percepción del otro no es un mero adorno, sino la propia urdimbre de su realidad.Nos confronta con una verdad incómoda y luminosa: “nuestro trato no es un simple reflejo de quien el otro es, sino una fuerza activa que moldea quien puede llegar a ser.”Es la diferencia entre ser el guardián de un statu quo o el arquitecto de una catedral interior aún no construida.
Tratar a un ser humano "como es" implica encerrarlo en una jaula de definiciones estáticas. Es confundir la fotografía con la persona, el momento con la eternidad. Cuando etiquetamos a alguien como "torpe", "impuntual" o "tímido", y actuamos en consonancia, no estamos describiendo una realidad, sino consolidando una profecía autocumplida. Nuestras expectativas bajas, nuestra condescendencia o nuestra impaciencia actúan como los barrotes de esa jaula. Le decimos al otro: "Este es tu territorio, estos son tus límites. No salgas de aquí."
Este trato basado en la pura inmanencia—en lo que ya es visible y catalogable—anquilosa el potencial. La persona, al sentirse percibida de una manera fija, internaliza ese espejo distorsionado y, efectivamente, "sigue haciendo lo que es". Su identidad se contrae para ajustarse al molde que le hemos asignado. Es la lógica de la producción en masa aplicada al alma: esperamos siempre el mismo producto de la misma "materia prima". En este esquema, la educación se convierte en adiestramiento, la gestión laboral en mero control, y las relaciones en transacciones predecibles y estériles.
La segunda parte de la frase irrumpe como un manantial en el desierto: "trátalo como puede llegar a ser". Aquí no hay inmanencia, sino trascendencia. No miramos al otro desde el suelo que pisa, sino desde el horizonte que podría alcanzar. Este trato no es una ingenuidad que ignore los defectos o las limitaciones presentes; es una sabiduría que elige ver más allá de ellas. Es la mirada del escultor que, ante un bloque de mármol tosco, no ve las asperezas, sino la figura armónica que duerme en su interior, esperando ser liberada.
Tratar a alguien según su potencial es un acto de fe profana. Es creer en una verdad que aún no existe, pero que puede ser convocada. Es otorgar una confianza por adelantado. Cuando le damos una responsabilidad a quien parece no estar listo, pero le decimos "confío en que puedes con esto", estamos plantando una semilla de dignidad y capacidad. Cuando vemos la chispa de genialidad en un estudiante desmotivado y le brindamos los recursos para avivarla, estamos siendo co-creadores de su destino. Este trato no exige, sino que invita. No presiona, sino que eleva
La palabra "llamado" en la frase es fundamental. Sugiere que en cada ser humano reside una vocación, una esencia única esperando su despliegue. Nuestro trato puede ser el eco que esa vocación necesita para reconocerse a sí misma. El maestro que ve a un líder en el niño problemático, el jefe que vislumbra un innovador en el empleado callado, el padre que percibe la resiliencia en el hijo frágil,el músico que ve la creatividad y la facilidade musical en otros músicos —todos ellos están realizando un acto alquímico: están transformando el plomo de la duda en el oro de la posibilidad.
Esta perspectiva nos carga con una responsabilidad tremenda. Somos, constantemente, espejos para los demás. Nuestra mirada, nuestras palabras y nuestras acciones son el material con el que los otros construyen—o derriban—su imagen de sí mismos. La pregunta crucial deja de ser "¿quién es esta persona?" para convertirse en "¿quién estoy ayudando a que esta persona se convierta?"
Esta no es una tarea solo para gigantes morales, sino para cualquier ser humano en su cotidianidad. Está en la paciencia con la que corregimos a un compañero, en el voto de confianza que le damos a un amigo en crisis, en la manera en que hablamos de nuestros hijos cuando creen que no los escuchamos. Cada interacción es un ladrillo en la catedral del ser ajeno.
La relación con el otro es un acto de creación continua. Al tratar a una persona como lo que puede llegar a ser, no estamos siendo falsos; estamos siendo fieles a la versión más noble y completa de su ser, aquella que aún lucha por nacer. Nos convertimos en compañeros en su viaje de actualización, en testigos creyentes de un milagro en proceso.
Y, en el silencio de nuestra propia consciencia, surge la pregunta refleja: si esto es lo que podemos hacer por los demás, ¿qué podríamos llegar a ser nosotros mismos si encontráramos espejos que creyeran en nuestro propio, y aún no realizado, "llegar a ser"? La grandeza, al parecer, no es un destino solitario, sino un eco que se despierta cuando alguien nos trata no como somos, sino como, en lo más profundo de nuestro ser, estamos llamados a ser…
Paco Rentería