AMAR ALMAS - NO SOLO CUERPOS

Algún día volverse a reunir..


Una tesis ontológica radical sobre la naturaleza del amor y su relación con la eternidad. Para diseccionar su profundidad, adentremos en lo que significa amar lo perecedero frente a amar lo esencial.


Amar cuerpos es, en esencia, enamorarse del envase, no del contenido. Es un amor dirigido a lo que los sentidos pueden capturar: la curva de una sonrisa, la luz en unos ojos, la textura de la piel, la armonía de un rostro. Este amor, aunque intenso y legítimo en su plano, es fundamentalmente un amor de posesión sensorial. El amante se aferra a una realidad fenoménica, a un conjunto de atributos que son, por su propia naturaleza, mutables y finitos.


No se condena el aprecio por la belleza física, sino la restricción del amor únicamente a ella. El extraviado es aquel cuya capacidad de amar no trasciende lo visible. Su tragedia no es que ame, sino que ama lo que está condenado a desaparecer. La muerte, como ladrón implacable, ejecuta aquí su robo más cruel: le arrebata todo porque él lo había puesto todo en la canasta de lo perecedero. Su mundo amoroso se construyó sobre arenas movedizas, y la marea del tiempo lo borrará por completo. Es la lógica del hambre que se sacia con manjares que se pudren: el placer es real, pero la nutrición, nula. Este amor se convierte en una elegía anticipada, en un duelo anunciado.


En contraste, "amar las almas" supone una operación radicalmente diferente. No se trata de un amor etéreo y desencarnado que desprecie el cuerpo, sino de uno que lo ve como la expresión temporal de una identidad permanente. El alma aquí puede entenderse como la esencia única de la persona, su carácter, su historia interior, su capacidad de bondad, de humor, de vulnerabilidad, de sueños, de virtudes y contradicciones. Es el quién detrás del qué.


Amar el alma es amar la luz de la conciencia que habita ese cuerpo, no la lámpara que la sostiene. Es un acto de reconocimiento, no de posesión. Se ama la risa no por su sonido, sino por la alegría que revela; se ama la mirada no por su color, sino por la profundidad que atestigua. Este amor se alimenta del diálogo, la compasión, la complicidad y la aceptación de la totalidad del ser, incluidas sus sombras.


Y he aquí la promesa sublime: " algún día volverse a reunir ". Esta no es una simple consolación, sino la consecuencia lógica de amar lo imperecedero. Si amas la esencia, y la esencia (el alma) trasciende la descomposición material, entonces el vínculo forjado con ella participa de esa misma cualidad de eternidad. La muerte, en este caso, no es un arrebatador, sino un umbral. Lo que se ama sobrevive al colapso de la forma porque nunca dependió de ella por completo. El encuentro prometido no es necesariamente una reunión en un paraíso con formas reconocibles; puede ser la comprensión última de que aquello que amaste—la esencia, el amor mismo—nunca se perdió, porque forma parte de una realidad más vasta y duradera de la que tu conciencia individual vuelve a participar.


Una objeción moderna podría ser: ¿acaso no se nos ha dado un cuerpo para amar? ¿No es a través de los gestos, las miradas y los abrazos como conocemos el alma del otro? Ciertamente. La genialidad de la condición humana reside en que el alma se encarna. No amamos un fantasma, amamos a una persona concreta. La propuesta no es despreciar el cuerpo, sino usarlo como el sacramento que es: un signo visible de una realidad invisible. El cuerpo es el lenguaje del alma. El error no está en leer el lenguaje, sino en creer que el lenguaje es el mensaje completo.


El amor verdadero, por tanto, es una dialéctica constante: se ama el alma a través del cuerpo, sin confundir el vehículo con el pasajero. Se celebra la forma mientras dura, pero se ancla el afecto en la fuente de donde mana esa forma. Es la diferencia entre amar el río por su cauce y amar el río por el agua que fluye en él. El cauce puede cambiar, incluso secarse, pero el agua—la esencia—encontrará otro camino.


La advertencia inicial nos sitúa ante una elección fundamental sobre cómo invertir el capital más preciado de nuestra humanidad: la capacidad de amar. Es una elección entre lo temporal y lo eterno, entre la pérdida segura y la permanencia posible.


Una invitación a la única estrategia victoriosa frente a la muerte. No es un rechazo de la vida, sino su más profunda afirmación. Es aprender a beber de la fuente, no de la vasija que, siendo hermosa, un día se quebrará. Quien ama almas, ha entendido que el amor, en su esencia más pura, no es un episodio de la biología, sino el hilo con el que se teje lo eterno. Y en ese tejido, ningún encuentro verdadero se pierde para siempre…


Paco Rentería 

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