MADRES

 Carta a las que sostienen el mundo


Madres: 


No sé si esta carta te encontrará en un descanso robado, entre dos tareas infinitas, o quizás en esa hora muerta de la madrugada donde el silencio por fin te devuelve a ti misma. No importa. Léela cuando puedas. O guárdala para cuando el peso te parezca demasiado. Porque esta carta no se escribe para añadir una obligación más a tu día, sino para recordarte algo que el mundo suele olvidar decirte: tú eres el suelo que otros pisan sin saber que existe.


Hay algo que nadie te contó cuando te convertiste en madre —o cuando empezaste a maternar—: que tu ternura sería un trabajo sin testigos. Que tu existencia se volvería, para alguien, tan natural como el aire. Que nadie agradece que el oxígeno esté ahí hasta que falta.


En momentos en que tu cuerpo decía "no puedo más". En noches donde el insomnio te enseñó que el amor también duele en la espalda. En tardes donde el llanto de otro te partió por la mitad y aún así encontraste la forma de sonreír. Has estado al borde del colapso y has elegido seguir. Eso no es debilidad. Esa es tu épica sin capa ni fanfarria.


Tú eres ese sostén invisible. El que no se ve en las fotos de Instagram. El que no tiene premio. El que no aparece en los currículos ni en los discursos de año nuevo. Pero sin ti… dime, ¿quién sujetaría los pedazos cuando todo se rompe?


Hoy quiero celebrarte como mereces: no con flores un domingo de mayo, no con una tarjeta que copia poemas genéricos. Quiero celebrarte con la crudeza de la verdad. Te celebro en tu cansancio. Porque cansarse de dar es la prueba más hermosa de que se ha dado de verdad.


Te celebro en tus dudas. Porque la madre que nunca duda es una leyenda de cartón; la madre real se pregunta "¿lo estaré haciendo bien?" mientras hace todo bien en el único lugar que importa: el corazón del otro.


Te celebro por las veces que no dormiste. Por la comida que se enfrió en tu plato mientras asegurabas que faltaba en el de los demás. Por las lágrimas que lloraste a escondidas para que nadie cargara con tu peso. Por la rabia que tragaste. Por el miedo que enfrentaste con las manos vacías.


Te celebro porque has hecho el milagro más sencillo y más raro: has convertido tu fragilidad en hogar.



Para la que materna sin el apellido biológico. Para la tía que se quedó cuando otros se fueron. Para la vecina que escuchó el llanto a través de la pared y llamó a la puerta con un té caliente en la mano. Para la hermana mayor que fue madre antes de tiempo. Para la maestra que vio lo que nadie más quiso ver. Para la amiga que abrazó sin juzgar cuando el mundo te había dicho que eras demasiado.


Maternar no es parir. Maternar es sostener. Y tú has sostenido con la fuerza de quien sabe que el amor no se mide en actas de nacimiento.


Y para ti, también, la que no pudo. La que lo intentó con el cuerpo, con el corazón, con la ciencia, con la plegaria. La que espera todavía. La que ya dejó de esperar. La que guarda un nombre en un cajón o un silencio en la garganta.


Tu historia también merece ser nombrada aquí. Porque el deseo de maternar —aunque no se cumpla— es ya una forma de amor tan real como cualquier otra. Y porque la maternidad, en su sentido más profundo, jamás debería ser un terreno vedado para quienes sufrieron el vacío sin merecerlo.


Y para ti, por último, la que eligió no ser madre. La que miró de frente lo que la maternidad exige —el tiempo, el cuerpo, la paciencia, la renuncia— y dijo "no, eso no es para mí" con una honestidad que merece todo mi respeto. Tú también sabes lo que es una madre. La has visto. La has medido. Y tu decisión no es un rechazo, es una afirmación: la de saber que hay amores que se eligen y amores que no, y que ninguna mujer debe ser menos por elegir su propio camino.

El mundo materna de muchas formas. Y todas importan.



Sé que a veces —quizás ahora mismo— no te sientes a la altura. Quizás hoy has gritado más de la cuenta. O has estado distraída. O has sentido que no llegas a todo, que no eres suficiente, que cualquier otra lo haría mejor. Quizás el fantasma de la culpa te acompaña como esa sombra que no se va con la luz.


Escúchame bien: 


El hogar no es un estado de perfección. Es una dirección. Es volver, aunque sea con las manos vacías. Es estar, aunque sea sin discursos grandiosos. Es abrir la puerta, aunque haya desorden adentro.


Y tú vuelves. Cada día. Contra el cansancio, contra el olvido del mundo, contra tu propia voz que a veces te dice "no valgo". Vuelves. Y ese volver constante —ese gesto mínimo y enorme— es lo que construye el hogar.


Tu hijo no te recuerda por el plato perfecto o la fiesta impecable. Te recuerda por cómo lo miraste cuando lloró. Por cómo callaste para escucharlo. Por cómo seguiste ahí, torpe y real y humana, en el día más difícil.


Eso eres. Hogar. No un concepto bonito. Una realidad frágil y tenaz. Un lugar al que se puede volver porque sabemos que alguien nos espera. Alguien que también está rota, pero que nos sostiene.


Madre, no sé quién eres ni dónde estás. Tal vez me lees en el transporte público, con una bolsa de compras entre las piernas. Tal vez en la cocina, antes de que despierten. Tal vez en una noche de insomnio, con el teléfono en la mano y el alma en algún otro sitio.


Quiero que sepas algo: tu existencia ha sido vista.


No hoy. No por esta carta. Desde siempre. En cada pequeño milagro que el mundo no registra. En cada vez que tu ternura evitó una herida más profunda. En cada vez que el amor salió de ti, aunque tú pensaras que ya no te quedaba.


No necesitas ser perfecta. Solo necesitas ser la que eres: esa mujer real, a veces agotada, a veces luminosa, que ha decidido —contra todo y contra todos— seguir sosteniendo.


Y eso, madre. Eso.


Eso es lo más parecido a un dios que este mundo va a conocer.


No olvides: aunque el silencio te devuelva tu propio eco, aunque a veces no quede nadie para aplaudirte… tú eres el sostén. Y por ti, solo por ti, el mundo aún no se ha roto del todo.

Por el contrario vivirá en el milagro de tu ser. 


Gracias Madres 


Paco Rentería 

Comentarios

  1. No hay concepto único para definir a una madre, ni manera de medir la fortaleza y fragilidad que esconde en cada centímetro de sí misma.

    Feliz día a ellas...

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