CRÍTICA AL FANDOM
La envidia del éxtasis ajeno, la molestia frente a la felicidad fanática
Hay algo profundamente revelador en la incomodidad que provoca ver a alguien entregarse por completo a su música favorita. No es simple desagrado estético, ni una legítima diferencia de gustos. Es un espejo que nos devuelve nuestra propia incapacidad para permitirnos ese nivel de entrega.
Criticar al fanático se ha convertido en una forma solapada de construir identidad. El gesto de señalar con ironía a quien llora en un concierto de BTS, corea cada verso de Bad Bunny o revive su juventud con U2, es en realidad un intento de erigirse en juez de intensidades ajenas. Y detrás de ese tribunal improvisado se esconde una pregunta incómoda: ¿por qué la pasión del otro nos amenaza tanto?
La respuesta probablemente está en la vulnerabilidad. El fan no se protege: canta aunque desafine, baila aunque le miren, se emociona sin calcular. En una cultura que premia la pose, el desapego y el sarcasmo como supuestas marcas de inteligencia, esa desnudez emocional resulta insoportable. Criticar al fandom es, muchas veces, el consuelo de quienes han olvidado cómo dejarse llevar sin sentirse ridículos.
Pero hay una hipocresía subyacente: todos tenemos nuestro altar secreto. Tal vez no sea una boyband, sino una novela, un equipo de fútbol, una serie de culto o un poeta oscuro. La única diferencia es que los fandoms que molestan son aquellos cuya pasión es lo bastante visible para interpelarnos. Su alegría colectiva nos recuerda lo solos que estamos cuando escuchamos nuestra música sin atrevernos a mover un dedo.
El fenómeno se agudiza en redes sociales, donde la amargura encuentra eco inmediato. Es más fácil escribir un tuit cáustico sobre los "histéricos" de un concierto que admitir que envidiamos su capacidad de asombro. La euforia callejera —el llanto compartido, el abrazo con desconocidos, la voz ronca de tanto cantar— choca con la frialdad del juicio online. Y entonces el espectador resentido se convierte en protagonista: su crítica no es un aporte cultural, sino una máscara para no enfrentar su propia sequedad.
Al final, lo que molesta no es la música del otro. Es su valentía para ser feliz sin permiso. Porque el verdadero acto de rebeldía en estos tiempos no es odiar lo que todos aman, sino atreverse a amar sin cinismo. Y eso, paradójicamente, da más miedo que cualquier estribillo pegajoso.
Paco Rentería
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