DEL AMIGO AL ÁNGEL


Dedicado a mi amigo Alonso L.


La palabra amigo ha sido víctima de su propio éxito. La pronunciamos con la misma liviandad con que saludamos al vecino, etiquetamos al compañero de trabajo o nombramos a aquel conocido que apenas cruzó dos frases con nosotros en una fiesta. El término, otrora sagrado, rueda hoy por los pasillos de las redes sociales, se adhiere a cualquier contacto, se diluye en la banalidad de lo cotidiano. Lo hemos desgastado hasta volverlo, en tantas ocasiones, un cascarón vacío.


Y sin embargo, su raíz nos reclama una hondura que hemos olvidado. Amicus, del latín, viene de amare: amar. Ser amigo es, en su esencia más pura, ser alguien que ama. No el amor romántico ni el pasional, sino ese afecto firme que elige el bien del otro como si fuera propio. La lengua, sabia, nos recuerda que no puede haber verdadera amistad sin un amor que sostenga. Pero hoy llamamos “amigo” a quien nos divierte, a quien nos es útil, a quien nos acompaña en la soledad pasajera. Y así, la palabra se prostituye.


Hay quienes se dicen amigos y solo buscan pasar un buen rato, o mejor aún, sacar provecho. Su afecto es condicional, su lealtad, un espejo que refleja su propio interés. No son amigos: son actores de la amistad. Saben usar el vocabulario del cariño, pero ignoran su gramática profunda. Porque la amistad verdadera, como el amor del que nace, no mendiga retorno ni exige utilidad.


Entonces, ¿cabría hablar de grados? Quizá sí. Hay conocidos, hay buenos compañeros, hay leales, hay hermanos de alma. Pero también existe esa figura que desborda cualquier escala: aquel que, sin ser nada nuestro, actúa mejor que un amigo. Mejor aun: actúa como un amigo que nunca antes habíamos tenido, sin historia, sin promesas, sin vínculo forjado. Esa persona que aparece en el momento preciso, tiende la mano sin pedir explicaciones, se queda cuando todos se van. No le debemos nada, y nos lo da todo. A ese, llamarlo simplemente “amigo” le queda corto, demasiado corto. Es, si se permite la palabra, un amigo ángel.


El lenguaje es pobre ante lo inconmensurable. No tenemos términos para nombrar la altura de ciertos gestos. Inventamos rodeos, metáforas, apelativos que intentan abrazar lo que se escapa. Pero el ángel amigo no necesita nombre, porque su presencia es ya un acto que ilumina. No es un ser celestial ni perfecto, sino una persona que, por un instante o por una vida, encarna la amistad en su máxima expresión: amar sin esperar, dar sin medir, ser sin poseer.


Con estas líneas no pretendo cerrar definiciones, sino rendir una pequeña justicia al término que tanto usamos y tan maltratamos. La palabra amigo merece ser rescatada, limpiada del polvo de su uso indigno. Y al mismo tiempo, debemos reconocer que hay vínculos que ninguna palabra alcanza. Allí donde el amor se hace acto anónimo, donde la lealtad no necesita juramento, donde el socorro llega sin que lo inviten, allí está el amigo ángel. Y ante él, solo queda el silencio agradecido y la certeza de que, a veces, lo humano puede rozar lo divino sin dejar de ser humano.


Paco Rentería 

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