UFF !! EL AMOR
UFF !! EL AMOR
Que estas palabras tengan la cadencia de un juramento ancestral, de esos que se susurran al oído o se escriben en las arenas del tiempo con la certeza de que el mar no podrá borrarlos.Una meditación sobre el amor como reconocimiento del alma.
Hay amores que se aprenden, que se construyen con el tiempo, con la costumbre y el cariño. Son como un jardín que se siembra y se riega día a día. Pero hay otros amores, los que que no se aprenden: se reconocen. Llegan sin hacer ruido, pero cuando lo hacen, remueven los cimientos de lo que somos. Son esos amores que nos hacen sentir, que no hay tiempo, no hay miedo, ni nada ni nadie que pueda hacer dudar al corazón.
Cuando el alma reconoce a otra, el encuentro trasciende lo físico. No es solo una cuestión de miradas, de piel, de coincidencias en el mapa de la vida. Es una cuestión de memoria. Una memoria que no reside en el cerebro, sino en ese lugar profundo e inefable donde guardamos la esencia de lo que fuimos y seremos. Es como si, de repente, dos notas musicales separadas durante siglos encontraran su armonía perfecta. El universo entero parece detenerse un instante para susurrar: "Siempre fue para ti, siempre fuiste para mí".
Porque el amor, en su estado más puro, es un acto de valentía. Decides amar no a pesar del miedo, sino en un plano donde el miedo directamente no existe. Cuando dos almas se reconocen, saben que cualquier obstáculo es un simple decorado, una tormenta pasajera que no puede con la solidez de un océano. La duda es un lujo que no pueden permitirse quienes han visto la eternidad reflejada en los ojos del otro. Esa certeza es un ancla y a la vez, un motor que impulsa a volar.
Para quienes están por amar, que lean esto y sepan que la espera tiene sentido. No se conformen con un amor que simplemente "está bien". Esperen al que les sacuda el alma.
Para quienes han amado y ya no aman, que estas palabras sean un bálsamo. Si ese amor fue real, si fue un verdadero reconocimiento, entonces no se ha ido. Simplemente ha mutado, se ha vuelto parte del tejido de su ser. El amor verdadero no termina, se transforma. Y el hecho de haberlo sentido, de haber sabido lo que es mirar a alguien y no ver el tiempo, es un regalo que la vida les ha hecho y que nadie les podrá quitar. Eso les prepara para volver a reconocer, o para honrar lo que fue y darle un boleto a un nuevo pasajero de su corazón.
Para quienes están amando ahora, en este preciso instante, que este texto sea un recordatorio diario. El amor no es solo la emoción del primer día; es la decisión firme de elegir cada mañana a esa persona, en esta vida y en las cien vidas que imaginen. Es mirar a su lado cuando el desorden llegue y sonreír, porque saben que están exactamente donde deben estar. Es vivir con la intensidad de quien sabe que el tiempo es un invento, y que lo único real es ese vínculo que los une.
Para quien ha reconocido a su otra mitad, a su complemento, a su espejo, sabe que la muerte no es un punto final, sino una pequeña pausa en una conversación infinita.
Si el alma reconoce, no hay distancia que valga. El amor es el "hasta siempre" que se dice con la sonrisa de quien sabe que, en el fondo, no es una despedida, sino la afirmación de un reencuentro perpetuo.
Amar es saber que pase lo que pase, en esta y en todas las vidas que nos sean dadas, nuestra alma encontrará el camino al ser amado. El amor es un vuelco en el corazón. Es una alegría que no se puede explicar, solo sentir. Un incentivo de vida que nos despierta cada mañana con un propósito nuevo: el de volver a encontrarse, aunque sea en el pensamiento.
Porque amar es también eso: una ilusión que nace constantemente. No es una meta a la que se llega, sino un horizonte que siempre se extiende un poco más allá, invitándonos a caminar. Es un paisaje de sueños que construimos a dos, una arquitectura invisible donde cada ladrillo es una memoria compartida o un anhelo por cumplir. Es un imaginar constante que nos lleva a esa persona, a tenerla cerca incluso en la distancia.
Es sentirla cerca de ti, aunque haya océanos de por medio. Es percibir su calor en el ambiente, su presencia como un imán que desvía la brújula de tu día a día.
Es escuchar su risa, ese sonido que para ti se ha convertido en la melodía más perfecta, la que puede con cualquier silencio incómodo o con el peor de los ruidos.
Es mirarla a los ojos y descubrir un universo nuevo cada vez. Porque sus ojos no son siempre los mismos; en ellos se reflejan sus sueños, sus miedos, su cansancio, su luz. Y tú quieres estar ahí para leer cada página de ese libro infinito.
Pero hay algo aún más profundo, y es cuando su voz no solo la escuchas con los oídos, sino que entra hasta el sótano de tu alma. Esa es la clave de la pasión verdadera. No es un fuego fatuo que quema la piel y se apaga. Es un fuego que cala hondo, que baja a los cimientos, a esos lugares oscuros y secretos que ni nosotros mismos nos atrevemos a visitar. Su voz ilumina esos rincones, los airea, los hace sentir vivos.
Y entonces, todo tu ser se estruja. El amor es una fuerza que te toma por completo y te sacude. Te estruja el corazón, sí, pero también las ideas, las certezas, los planes. Te desmonta y te vuelve a armar, pero mejor, más humano, más vulnerable y, paradójicamente, más fuerte.
Amar con pasión es vivir en un estado de alerta maravillosa. Es que el simple recuerdo de su nombre dibuje una sonrisa tonta en tu rostro en medio del caos. Es que "te quiero" dicho por su boca tenga el poder de desbaratar cualquier tristeza. Es, en definitiva, haber encontrado una razón para levantarse cada día con la certeza de que, pase lo que pase, el simple hecho de que esa persona exista en el mundo ya hace que todo valga la pena.
Porque el amor es ese latido constante que, si se cuida, si se alimenta con el respeto y el reconocimiento del alma, puede durar toda una vida. Es el combustible que transforma la rutina en ritual y lo cotidiano en extraordinario. Es la fuerza que, en los días grises, nos recuerda por qué elegimos a esa persona, en esta vida y en las cien que nos restan.
El amor es el horizonte de los sueños compartidos y, al mismo tiempo, la voz que, susurrando en nuestro interior, nos recuerda que ya hemos llegado a casa…
Paco Rentería
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