EL ROMANTICISMO
DE LO CURSI AL CLÍMAX
Vivimos en una era que celebra lo escéptico, lo medido, lo irónico. En este paisaje cultural, declararse romántico es casi un acto de supervivencia. Muchos lo llaman cursilería. Pero, ¿qué es realmente ser romántico? Lejos del cliché de flores rojas y atardeceres impostados, el romanticismo del que hablo es un acto ontológico: es llevar el amor a sentarse en el podio del alma. Es otorgarle al afecto la dignidad de lo sagrado.
Ser romántico, en esencia, es un ejercicio de valentía. Vivimos anestesiados por el miedo a sentir demasiado. Tememos el ridículo, la vulnerabilidad, el exceso. Y, sin embargo, el amor no entiende de medianías. Cuando amamos de verdad, el cuerpo baila sin música y el alma grita sin palabras. Ese estallido no es debilidad: es plenitud. Es el reconocimiento de que la emoción no es enemiga de la razón, sino su forma más elevada de inteligencia. Por eso, si eso es ser cursi, lo asumo. Prefiero la cursilería de un alma viva a la elegancia de un corazón cauterizado.
Amar es un verbo con mil matices. Cada persona ama o cree amar según sus grietas, sus memorias y sus carencias. Y es justo respetar esa diversidad. Pero sostengo que el romanticismo es el adjetivo que más ama el amor. No porque lo adorne, sino porque lo habita. El romanticismo no es la postal del amor; es su respiración honda. No es la promesa de que todo será bello, sino la certeza de que, incluso en la tormenta, vale la pena quedarse.
Hay quienes creen que el romanticismo es cosa del pasado, un eco decimonónico de cartas perfumadas y pianos de fondo. Se equivocan. El romanticismo no es una estética: es una ética. Es la decisión consciente de no reducir al otro a un objeto de consumo afectivo, de no medir el amor en intercambios calculados. El romanticismo es la negación de la utilidad. Es decirle al ser amado: "No te quiero porque me sirvas; te quiero porque eres".
Ayer, hoy y mañana, ser romántico no es pasado de moda. Es, para muchos, la sábila que alivia la sequedad del desencanto. Es el nirvana posible que encontramos cuando dejamos de escondernos y, por fin, nos atrevemos a mirar al otro con los ojos bien abiertos, sin miedo a que nos vean mirar.
Al final, lo cursi no es amar con intensidad. Lo cursi sería creer que amar con medida es más digno. El romanticismo no pide permiso. No negocia su existencia. Sencillamente, se sienta en el podio del alma y, desde allí, nos recuerda que lo más humano que podemos hacer es entregarnos sin reservas.
Porque amar no es un adorno. Es un verbo. Y el romanticismo, su voz más antigua y más nueva.
Lejos de ser una mera corriente artística de enamorados suspiros y paisajes idílicos, el romanticismo es una revolución del ser, y en el centro de esa revolución se encuentra el cuerpo, el deseo y la experiencia al límite.
El romanticismo también es erótico,sensual, sexual y orgasmico. La sensualidad romántica impregna todas las formas de expresión. No se limita a la representación explícita del cuerpo, sino que se manifiesta en una atmósfera, un color, un aroma. El contacto con la naturaleza es un acto sensual: el viento en el rostro no es solo aire, sino una caricia ; el ruido del mar no es solo agua, sino el rugido de la propia pasión contenida.
Si la sensualidad es el lenguaje, la pasión es el verbo, la acción desbordada. El romántico no ama; arde de amor. No siente simple afecto; es consumido por una llama que puede llevarlo a la felicidad más sublime o al acantilado. La pasión es un viaje sin retorno hacia lo absoluto. Esta pasión no es un simple arrebato hormonal; es una metafísica del deseo, donde el otro es el único espejo en el que el yo puede reconocerse, aunque ese reflejo lo aniquile en ocasiones.
Llegamos al punto más profundo: lo sexual y lo orgásmico. En el romanticismo, el sexo no es un tema tabú que se oculta, sino una fuerza que se celebra, aunque sea a través de la metáfora y el símbolo. El orgasmo es la metáfora perfecta del ideal romántico: es la pérdida de control, la disolución del "yo" racional, el instante en que el individuo se funde con algo más grande que sí mismo, aunque sea por un instante.
El artista romántico busca el éxtasis en todas sus formas: el éxtasis del amor, el de la creación artística, el de la contemplación de lo sublime (ese sentimiento de sobrecogimiento ante la inmensidad y el poder de la naturaleza, como una tormenta en el mar o un abismo insondable). Lo orgásmico es, por tanto, la estructura de la experiencia romántica. Es el momento culminante, el clímax.
El romanticismo entiende que en la entrega total al deseo —sea sexual, artístico o espiritual— el hombre se acerca a su esencia más genuina. El romanticismo enseña que el deseo no es un pecado ni una debilidad, sino la fuerza que nos impulsa a buscar lo absoluto, a romper nuestras propias cadenas y a intentar, aunque sea por un instante orgásmico, tocar lo infinito con la punta de los dedos. El romanticismo nos recuerda que, en el fondo, el alma también tiene un cuerpo, y que ese cuerpo, cuando ama, cuando desea, cuando se entrega, es capaz de vislumbrar la eternidad. Y en esa vislumbre, en ese espasmo del ser, reside su más profunda y revolucionaria verdad.
Yo recuerdo haber bailado solo en mi cocina porque sonó una canción que me recordaba a…Recuerdo haber llorado en un vagón de metro por la tristeza de una despedida. Recuerdo haber escrito cartas que nunca envié, solo por el acto sagrado de poner en palabras lo que sentía. Si eso es ser cursi, lo asumo.
Porque el corazón cauterizado no sangra, pero tampoco siente. Y yo elijo sentir. Elijo la herida si viene con la caricia. Elijo el vértigo si viene con el vuelo. Elijo la posibilidad del desamor si antes hubo la certeza del amor verdadero.
El romántico no olvida. Guarda billetes de tren, servilletas escritas, la fecha del primer café. No por nostalgia enfermiza, sino porque cada instante de amor merece ser testigo. El romántico sabe que el amor no es solo lo que viene, sino también lo que fue. Y que lo que fue, si se recuerda con ternura, sigue siendo.
Y también es decir: "Me quedó si estás roto. Te espero si estás lejos. Te busco aunque digas que no hace falta".
Duele esperar un mensaje que no llega y aún así no aprender a esperar menos. Duele dar sin medir, sabiendo que tal vez no te devuelvan ni la mitad. Duele tender puentes con las manos desnudas mientras otros cruzan y no miran atrás. Duele, sobre todo, porque el romántico no sabe amar a medias.
Y mientras haya alguien que espere un mensaje, que guarde una flor seca entre las páginas de un libro, que mire el teléfono a las tres de la mañana con la esperanza de un "¿estás despierto?"... mientras haya alguien que se atreva a decir "te quiero" primero, sin saber si le responderán... el romanticismo seguirá vivo. No en las postales. No en las películas. Sino en la piel de quienes aún creen que el amor merece ocupar el centro del alma. Su corazón no entiende de cláusulas, ni de reservas, ni de salidas de emergencia. Ama como respira: sin preguntar si hay suficiente aire…
Paco Rentería
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