LA SUTIL FRONTERA SOBRE LA SEXUACIÓN Y LA SEXUALIZACIÓN EN LA INFANCIA Y LA JUVENTUD
DOS CONCEPTOS EN TENSIÓN
En el corazón de la educación y el desarrollo humano contemporáneo late una tensión fundamental, a menudo malentendida: la que existe entre sexuación y sexualización. No se trata de meros términos semánticos, sino de dos paradigmas radicalmente distintos sobre cómo entendemos la emergencia de la sexualidad en niños y jóvenes. Mientras el primero alude a un proceso natural de construcción identitaria, el segundo representa una imposición externa, una distorsión que carga con graves consecuencias psicológicas y sociales. Aquí pretendo explorar esta frontera sutil pero crucial, argumentando que su confusión o negligencia constituye uno de los fracasos más significativos de nuestra época.
La Sexuación: El término "sexuación", acuñado desde el psicoanálisis lacaniano pero ampliable a una visión interdisciplinaria, se refiere al proceso psíquico y subjetivo mediante el cual un ser humano se constituye como sujeto sexuado. No es sinónimo de "tener información sexual" ni de "despertar hormonal". Es, más bien, la lenta y compleja elaboración de respuestas a preguntas fundacionales: ¿Quién soy? ¿Qué significa ser niño o niña, hombre o mujer, o habitar identidades que trascienden ese binomio? ¿Cómo me relaciono con mi cuerpo en transformación?
La sexuación es: Íntima y subjetiva: ocurre en el foro interno de la conciencia y el inconsciente. Es una narrativa personal que se teje con hilos de identificación, amor familiar, experiencias corporales y encuentros con los otros. No tiene un manual ni un cronograma rígido. Avanza a través de preguntas, dudas, exploraciones lúdicas y una curiosidad que, si es respetada, se integra de manera saludable. Se nutre de diálogos sinceros (no necesariamente exhaustivos) con figuras de confianza, de la observación de modelos diversos, y sobre todo, de la posibilidad de poner en palabras las inquietudes. Requiere un andamiaje afectivo seguro desde el cual explorar. La sexualidad no aparece como un compartimento aislado, sino como una dimensión más de la identidad, relacionada con la afectividad, la ética del cuidado, el respeto y la noción de intimidad.
En esencia, sexuarse es asumir de manera singular y creativa la condición de ser un cuerpo deseante y mortal, en el marco de una cultura y unas relaciones significativas. Es un derecho fundamental del desarrollo.
La sexualización, en contraste, es un proceso de reducción y cosificación. Ocurre cuando las características o valores sexuales son atribuidos a una persona (especialmente a un niño o joven) antes de que esté emocional o cognitivamente preparada, o cuando se la valúa principalmente por su atractivo sexual externo, anulando otras cualidades.
La sexualización es externa y objetivante: impone desde fuera (mediante la publicidad, ciertos contenidos mediáticos, presiones sociales, comentarios adultos inapropiados) una mirada que convierte al sujeto en objeto de deseo para otros. El niño o joven no es agente, sino receptor pasivo de una proyección. Salta etapas, ofreciendo respuestas (distorsionadas) antes de que existan las preguntas. Presenta estereotipos rígidos de género y eroticidad como la única norma, marginando otras experiencias. Separa la sexualidad de la afectividad, la intimidad y la responsabilidad. La reduce a performance, apariencia y consumo. El mensaje tácito es: "Tu valor reside en ser deseable". Está profundamente ligada al mercado. La industria de la moda infantil, la música pop hipererotizada, ciertas plataformas de redes sociales y la pornografía mainstream (de acceso fácil y temprano) son sus principales vectores. Venden una versión empobrecida y falsa de la sexualidad.
Las consecuencias de la sexualización precoz están documentadas: mayor riesgo de trastornos alimentarios, depresión y baja autoestima (ligada a la imposibilidad de alcanzar ideales irreales), relaciones interpersonales superficiales y cosificadas, hipersexualización de la conducta sin comprensión emocional, y una profunda alienación del propio cuerpo, que se vive no como hogar, sino como escenario siempre deficiente.
La batalla entre estos dos procesos se libra en lo cotidiano: Cuando una niña de 8 años prefiere un disfraz de ingeniera pero solo encuentra opciones "glamurosas" o "sexy" en la tienda, choca con la sexualización. Cuando a un adolescente se le bombardea con imágenes pornográficas que establecen un guion violento y despersonalizado para el sexo, antes de haber tenido su primer beso, se socava su proceso de sexuación. Cuando el cumplido constante a una niña es sobre su "linda carita" o su "cuerpito", mientras a su hermano se le valora por sus logros, se está sexualizando a la una y empobreciendo la construcción identitaria de ambos. Cuando el sistema educativo, por miedo o tabú, se niega a implementar una Educación Sexual Integral (ESI) de calidad —que justamente busca acompañar la sexuación—, deja el campo libre para que la sexualización, a través de la cultura digital y amigos de edad, se convierta en la única "educadora".
Entonces … ¿Cómo cultivar la sexuación y resistir la sexualización? La respuesta no está en una inocencia falsa ni en un retorno puritano. Está en una ética del acompañamiento respetuoso.
La Educación Sexual Integral (ESI) como antídoto: Una ESI científica, progresiva y adaptada a la edad, que hable de biología sí, pero también de emociones, consentimiento, respeto a la diversidad, pensamiento crítico ante los medios y gestión saludable de la tecnología. Información oportuna desmitifica y protege. Otra es la Fortaleza del vínculo primario: La familia (en sus diversas formas) debe ser el primer espacio donde el cuerpo sea celebrado sin erotización, donde las preguntas encuentren un "no sé, pero busquemos juntos" en lugar de un silencio avergonzado, y donde el valor personal se base en atributos integrales: la curiosidad, la bondad, la resiliencia.
La regulación crítica de los medios y el mercado: Exigir políticas públicas y autorregulación industrial que eviten la explotación de la imagen infantil con fines comerciales sexualizados. Y, en casa, mediar y dialogar sobre el consumo mediático.
Mostrar a niños y jóvenes una galería amplia de formas de ser hombre, mujer, o de transitar otras identidades, ligadas a talentos, inteligencias y carácter, no solo a la apariencia física. Y una de las más importantes, respeto por el ritmo: Comprender que la infancia y la adolescencia tienen derecho a su propio tiempo. El erotismo adulto es un territorio al que se llega, no un disfraz que se impone.
La diferencia entre sexuación y sexualización es, en el fondo, la diferencia entre sujeto y objeto, entre identidad e imagen, entre crecimiento y distorsión. Como sociedad, enfrentamos una elección ética: ¿queremos niños y jóvenes que aprendan a habitar su sexualidad con respeto y plenitud, o estamos dispuestos a permitir que se conviertan en eslabones de una cadena de cosificación y vacío.
Defender el derecho a una sexuación sana no es "esconder" la sexualidad. Es todo lo contrario: es honrar su profundidad y su misterio, reconociéndola como un aspecto sagrado de la construcción humana que merece desplegarse en su tiempo, a la sombra protectora del amor y la palabra, y no bajo el sol abrasador del mercado y la mirada prematura. En esa defensa, se juega nada menos que la posibilidad de que las nuevas generaciones se encuentren a sí mismas no como reflejos distorsionados de un deseo ajeno, sino como autores conscientes de su propia y singular historia de amor.
Paco Rentería
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