DEL MALINCHISMO A LA MARCA HECHO EN MÉXICO
La envidia al éxito propio: una herida colonial
El fenómeno que describo es profundamente reconocible en México, y tiene un nombre: malinchismo, aunque quizás el término más preciso desde la psicología social sería el complejo de inferioridad internalizado o, como lo llamó el filósofo mexicano Emilio Uranga, la "zozobra" del ser mexicano.
No es un "complejo prehistórico primitivo" exactamente, sino más bien postraumático y colonial. La conquista española no solo impuso un poder militar, sino una jerarquía de valores donde lo europeo era superior y lo indígena/mexicano era inferior. Tras 300 años de coloniaje, esa estructura mental se inoculó en la psique colectiva. El mexicano aprendió a mirarse con desprecio, a desconfiar de lo suyo.
Cuando un compatriota triunfa fuera, muchos reaccionan no con orgullo, sino con sospecha, crítica feroz o minimización. ¿Por qué? Porque ese éxito exterior desafía dos creencias profundas:
1. "Lo mexicano no es suficientemente bueno para el mundo"
2. "Si alguien logra salir y destacar, probablemente traicionó sus raíces o se volvió arrogante"
Hay aquí una mezcla de envidia cultural y mecanismo de defensa. El crítico feroz siente, quizás sin reconocerlo, que el éxito del otro expone su propia mediocridad o su conformismo. Demoler al triunfador es más cómodo que preguntarse: "¿Por qué yo no pude?".
Además, la cultura mexicana tradicionalmente ha valorado la humildad y castigado el "agandalle" o el "crecimiento". Un mexicano que sobresale corre el riesgo de ser tachado de "creído" o "fresa" —un mecanismo de nivelación horizontal muy dañino.
El malinchismo clásico es la preferencia por lo extranjero sobre lo nacional. Pero su reverso es el menosprecio al mexicano exitoso: si un mexicano logra lo que los extranjeros valoran, entonces debe ser porque "no es tan mexicano" o porque "tuvo contactos". Es una forma de preservar la creencia de inferioridad.
El reconocimiento de este patrón ya es un paso. Cada vez más mexicanos celebran genuinamente a sus compatriotas —Checo, Hugo Sánchez, o artistas como Alejandro González Iñárritu— sin esa crítica visceral. Superar este complejo requiere sanar la herida colonial: aceptar que valemos tanto como cualquier otro pueblo, y que el éxito de uno no nos disminuye, sino que nos ensancha como nación.
El complejo no tiene un nombre único con siglas pero si buscabas el clásico, es el complejo de Malinche (por la figura de la Malintzin, vista como traidora). Aunque el fenómeno que describo es más bien la envidia anti-éxito con raíz malinchista. Y nombrarlo es el principio para desmontarlo.
Sin embargo,no todos los mexicanos tiran al que trasciende. Hay una porción —quizás silenciosa, pero real— que aplaude con genuino orgullo. Y ese orgullo no es menor, es tan visceral como la envidia. Por eso el fenómeno es tan desconcertante para los extranjeros: ven a un pueblo que puede, al mismo tiempo, vitorear y lapidar al mismo ídolo.
Fuera de México, se asume que el éxito nacional es motivo de celebración unánime. Un argentino que ve triunfar a Messi o un francés que ve destacar a Mbappé rara vez experimenta esa pulsión de demolición interna. En México, en cambio, el éxito ajeno a veces duele más que el fracaso propio. ¿Por qué?
Porque la identidad mexicana está atravesada por una herida de desconfianza: hemos sido traicionados tantas veces por nuestras propias élites, por el sistema, por la corrupción endémica, que el cerebro mexicano aprendió a sospechar de todo triunfo que no huela a sacrificio anónimo y a barro. Si alguien destaca, instintivamente muchos preguntan: "¿A quién pisaste? ¿A quién sobornaste? ¿Cuánto te vendiste?"
Esa desconfianza es el precio de haber vivido en un país donde el éxito legítimo es la excepción, no la regla.
Paradójicamente, existe una frase muy mexicana que contradice todo lo anterior: "Lo hecho en México está bien hecho". Es un dicho de orgullo gremial, de taller artesanal, de ingenio popular. Y es verdad: el mexicano, cuando trabaja con el corazón, produce cosas de una calidad humana y técnica innegables: la cerámica de Tlaquepaque, la ingeniería de la UNAM, el cine de los tres grandes directores, la ciencia del doctor Mario Molina.
El problema es que ese orgullo convive con un profundo complejo de desvalorización. El mexicano sabe que lo suyo es bueno, pero también ha interiorizado que fuera no le creen. Entonces, cuando un mexicano triunfa internacionalmente, se produce una tensión:
· El orgulloso dice: "¡Viste? Lo nuestro sí vale!"
· El avergonzado dice: "Pero seguro que tuvo que venderse a los gringos para lograrlo".
Ambos están reaccionando al mismo trauma colonial.Los mexicanos que aplauden: una resistencia cultural. No hay que invisibilizarlos. Cuando Guillermo del Toro ganó el Oscar por La forma del agua, millones de mexicanos lloraron con él. Cuando Checo Pérez logra un podio, las redes se llenan de orgullo nacionalista. Cuando un científico mexicano publica en Nature, hay una comunidad que lo celebra como propio.
Esa corriente no es menor. Es, quizás, la verdadera reserva moral del país. Son los mexicanos que han sanado —o están sanando— el complejo de inferioridad. Son quienes enseñan a sus hijos que un físico mexicano puede ganar el Nobel, que una pintora como Frida Kahlo puede llenar museos en París, que un músico como Carlos Chávez puede dirigir orquestas en Nueva York.
Un llamado a seguir creyendo,necesitamos más mexicanos que sigan creyendo en México. No desde el nacionalismo ciego, sino desde una fe lúcida: saber las carencias, las injusticias, la corrupción, pero también saber que el talento mexicano no es inferior al de nadie.
El aplauso al éxito nacional debe ser tan ruidoso como la crítica. Hay que celebrar a los científicos —como Eva Ramón Gallegos, que en 2019 logró eliminar el VPH en el 100% de las pacientes tratadas— con la misma pasión con que se celebra a un boxeador. Hay que hacer del orgullo un acto colectivo, no solitario.
El "mal del mexicano" no es un destino ineludible. Es una herencia histórica, sí, pero las herencias se pueden reclamar, resignificar, incluso rechazar. El mexicano que critica al mexicano exitoso está expresando un dolor viejo, mal canalizado. El mexicano que aplaude al mexicano exitoso está construyendo una nación más sana.
La próxima vez que un mexicano trascienda fuera de nuestras fronteras, en el deporte, la ciencia o el arte, habrá dos voces. La nuestra —la de quienes creemos en lo hecho en México— debe ser más fuerte. Porque si no celebramos nosotros lo nuestro, ¿quién lo hará?
Y a los extranjeros que no entienden esta dualidad, habría que decirles: no juzguen la complejidad de un pueblo que lleva 500 años aprendiendo a quererse a sí mismo. Estamos en proceso. Y vamos ganando terreno.
El "Hecho en México" como resistencia y orgullo: una marca con alma
Marcelo Ebrard y la revitalización de la marca "Hecho en México" es un dato clave, y se inserta perfectamente en esta reflexión. Porque una cosa es el orgullo espontáneo, el que nace en las gradas del estadio o en la sala de cine cuando un mexicano gana un Oscar. Otra muy distinta es transformar ese orgullo en política pública, en estrategia económica, en sello de identidad que atraviese fronteras.
Y ahí está el nudo: la marca "Hecho en México" ha existido por décadas, pero solía verse —incluso entre nosotros mismos— como sinónimo de artesanía bonita pero frágil, de lo "económico", de lo "no tan bueno como lo alemán o lo japonés". Ese era el malinchismo actuando en el mercado: preferir lo importado aunque lo nuestro tuviera igual o mejor calidad.
El giro simbólico que propone Ebrard. Posicionar la marca "Hecho en México" no es solo una decisión comercial. Es, ante todo, un acto de descolonización simbólica. Decirle al mundo —y decirnos a nosotros mismos— que lo que sale de manos mexicanas, ya sea un motor, un suéter de lana, una vacuna o una película, merece el mismo respeto que lo hecho en Estados Unidos, Alemania o Japón.
Lo valioso de esta iniciativa, es que se ejecuta con seriedad, que no se queda en el discurso patriótico vacío. Implica estándares de calidad, certificaciones, promoción internacional. Es, en el fondo, un mecanismo para obligar a los mexicanos a creerse su propio talento.
Las manos mexicanas: artesanos, científicos, obreros, artistas. El artesano de Oaxaca que teje un tapete con tintes naturales, la ingeniera que ensambla componentes aeroespaciales en Querétaro, el científico que investiga en un laboratorio del IPN, el albañil que construye con técnica y orgullo, el programador que escribe código desde Guadalajara. Todos ellos son "Hecho en México". Y todos ellos han sufrido, en algún momento, esa mirada menospreciante del compatriota que asume que lo extranjero es superior.
Por eso la marca es más que un logo. Es una herramienta de autoestima colectiva.
El aplauso a los que aplauden, "aplauso a los que lo ponen donde debe estar siempre México". Sí. Porque durante demasiado tiempo, los mexicanos que sentían orgullo nacional fueron vistos como ingenuos o nacionalistas trasnochados. El discurso dominante —incluso en las élites intelectuales— era el de la autocrítica feroz, el "México está hecho un desastre". Y sí, hay muchísimo por criticar, pero la crítica sin reconocimiento es castración emocional.
Hoy, gracias a figuras mundiales,y también gracias a iniciativas como esta, empieza a ser legítimo decir: "Soy mexicano y estoy orgulloso" sin que te tachen de ingenuo o de conservador.
México como crisol. México es una de las culturas más ricas y complejas del mundo precisamente porque es síntesis: lo indígena y lo español, lo africano y lo asiático, lo campesino y lo global, lo tradicional y lo futurista. Un crisol no es una mezcla uniforme: es un lugar donde los elementos se funden en temperaturas altísimas y producen algo nuevo, resistente, hermoso.
Esa es nuestra materia prima. El "Hecho en México" debe reflejar esa diversidad: desde la artesanía purépecha hasta el cine de animación, desde la música de banda hasta los satélites mexicanos. No hay una sola manera de ser mexicano, y todas caben bajo esa marca si están hechas con rigor, con pasión, con identidad.
Termino de momento.No basta con que Ebrard ponga la marca. La marca vivirá realmente si cada mexicano la honra en su quehacer cotidiano. Si el ingeniero exige calidad, si el comerciante no vende productos chafas con etiqueta mexicana, si el consumidor prefiere lo hecho aquí cuando es bueno. Y si cada mexicano, al ver a otro compatriota triunfar en el extranjero, aplaude primero y pregunta después.
Porque el "Hecho en México" más importante no es el que se imprime en una etiqueta. Es el que se lleva en el pecho. Y ese, afortunadamente, cada vez más mexicanos lo están vistiendo con orgullo. México necesita más voces que lo nombren con amor sin dejar de verlo con claridad.
Paco Rentería
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