VÍCTOR URBÁN - EL COLOSO DEL ÓRGANO

 Víctor Manuel Urbán Velasco: Una Ofrenda de Luz en el Segundo Aniversario de su Partida


(1934 – 2024)


Quiero poner estas palabras antes de empezar, casi en voz baja, con la humildad que este encuentro me exige. Con todo el respeto que me merece el músico del que voy a hablar —y, más aún, su memoria y los suyos—, me acerco a estas páginas sabiendo que lo que aquí escribo no es, ni pretende ser, una exposición de su grandeza.


Soy consciente de que me enfrento a la figura de quien es, probablemente, el mejor organista que ha tenido México en toda su historia. Y me atrevo a añadir, con el cuidado que semejante afirmación conlleva: también uno de los mejores del mundo. Pero acuño estas palabras no para erigir un pedestal, sino para tender un puente muy frágil, hecho de admiración sincera y de estudio.


Este ensayo no busca otra cosa que ser un muy humilde tributo. Nada más. No pretendo con él agotar su obra ni medir su grandeza, porque eso sería vano y quizá hasta irrespetuoso. Solo quiero, con la sensibilidad que los familiares merecen, ofrecer una mirada personal, sin falsas expectativas, sin aspavientos.



Hoy, al cumplirse dos años de tu partida, el silencio no es ausencia: es el espacio sagrado donde todavía resuena tu música. Dos años sin tu presencia física, Maestro, pero cada nota que enseñaste, cada pedal que pisaste en el Órgano Monumental del Auditorio Nacional, cada partitura que trazaste con mano firme y corazón tierno, sigue vibrando en la memoria de México y del mundo.


Este ensayo no pretende ser una biografía fría ni una lista de logros. Pretende ser un responso sonoro, una ofrenda de palabras a la altura de tu grandeza sencilla. Porque fuiste, ante todo, un hombre que hizo extraordinario lo cotidiano: sentarte al órgano era un acto de humildad cósmica; enseñar a un niño era un gesto de eternidad; abrazar a los tuyos, la más alta de las sinfonías.


Quienes te conocieron cuentan que eras "alegre, jocoso y divertido" —como lo recordó el propio Auditorio Nacional—, pero también profundamente bondadoso. No había soberbia en tu talento. Al contrario: cuanto más alto volabas con tu música, más firme mantenías los pies sobre la tierra de Tultepec, ese pueblo del Estado de México que te vio nacer y al que nunca dejaste de nombrar con orgullo.


Eras el hombre que podía conversar con un campesino y con un Papa.En un mundo de músicos llenos de egos, tú fuiste la excepción: un genio que no necesitaba decirlo.


Como padre, esposo y abuelo, fuiste el pilar silencioso. El que llenó de música las paredes de su hogar, sí, pero sobre todo llenó de amor los rincones. 


Si hay un sonido que te define, es el del órgano. No cualquier órgano: el Órgano Monumental del Auditorio Nacional, esa bestia de 15,633 flautas que respira como una ballena barroca bajo tus dedos. Durante 23 años fuiste su alma, su domador, su amante. No solo lo tocaste: lo hiciste hablar en español, en náhuatl, en la lengua de Bach y en el idioma de las rancheras.


Recorriste decenas de países, pero jamás te sentiste "exportado". Eras un embajador de México ante el mundo. Cuando tocabas para multitudes en Europa, cerrabas los ojos y viajabas Tultepec.


Tu estilo interpretativo unía dos mundos que parecían irreconciliables: la tradición contrapuntística germana (aprendida de Helmuth Rilling) y la pasión rítmica mexicana. No tenías miedo de meter un huapango en medio de una fuga de Bach, porque para ti la música era una sola: la del alma que se alegra o se duele.


Como compositor, fuiste un tejedor de identidades. No renegaste de Europa, pero le exigiste que se sentara a la mesa mexicana. 


Tus obras son oraciones laicas a la tierra que te parió. Nunca usaste el conocimiento como una muralla. Al contrario: compartiste cada hallazgo, cada dedo índice alzado en clase diciendo "mira, así suena el paraíso".


Tu legado como pedagogo es quizás el más profundo, porque no se mide en premios sino en vidas transformadas. Fuiste director del Conservatorio Nacional de Música, pero lo importante no es el cargo: es cómo, desde ahí, cambiaste la forma de enseñar el órgano en México. Antes de ti, era un instrumento de élite; con tu trabajo, se volvió patrimonio popular.


Tu discípulo Héctor Guzmán —hoy reconocido organista— te llora como a un padre musical: "Él nos hizo mejores músicos y mejores personas". Y eso, Maestro, es la más alta de las críticas. No formaste clones de tu estilo; formaste seres humanos capaces de encontrar su propia voz. Porque tu método no era imponer, sino acompañar. No era dictar, sino asombrarse junto al alumno.


¿Cuántos niños de Tultepec, de Toluca, de barrios marginales, se sentaron por primera vez a un órgano gracias a tu empeño por desacralizar el instrumento y volverlo cercano? Incontables. Y cada uno de ellos lleva tu mirada amable, tu paciencia de santo laico, tu convicción de que la música no se aprende para lucirse, sino para darse.


En un mundo donde los artistas suelen construir pedestales para sí mismos, tú preferiste regar el jardín. Recibiste la Presea Estado de México (1983) y fuiste nombrado Patrimonio Cultural Vivo de Toluca (2011), pero jamás presidiste una mesa con la medalla en el pecho. La guardabas en un cajón, quizás junto a las cartas de tus hijos.


Los homenajes póstumos —ese solemne ingreso a la Rotonda de las Personas Ilustres del Estado de México en 2025— te habrían sonrojado. No porque no los merecieras, sino porque eras genuinamente humilde. Sabías que el talento es un regalo, no un mérito. Y lo usaste para servir: a la música, a tus alumnos, a tu familia, a tu país.


Tu bondad no era ingenua; era valiente. En un gremio competitivo, optaste por la colaboración. Fundaste la Unión Nacional de Organistas de México para unir voluntades, no para dividirlas. Y cuando otros peleaban por reflectores, tú cedías el tuyo para que brillara un joven.


Dos años. Setecientos treinta días sin tu risa en los pasillos del Conservatorio, sin tus manos volando sobre los teclados. Pero el duelo, para quienes te aman, se ha ido transformando en celebración. Porque descubrimos que no te fuiste: te dispersaste. Estás en cada acorde bien puesto de un alumno tuyo. En cada niño que se asoma por primera vez a un tubo de órgano. En la memoria viva del Auditorio Nacional.


Hoy, al conmemorar tu partida, encendemos veladoras no para llorar tu ausencia, sino para iluminar tu ejemplo. México entero debería aprender de ti: de tu sencillez sin aspavientos, de tu amor sin poses, de tu maestría sin soberbia.


Víctor Manuel Urbán Velasco: fuiste padre, esposo, abuelo, catedrático , músico, organista,compositor, mexicano. Pero sobre todo fuiste un hombre bueno. Y eso, en este mundo ruidoso y vanidoso, es la mayor rareza, la más alta de las virtudes.


Cuando el silencio parezca eterno, cerraremos los ojos y te escucharemos. Porque la música no muere: se vuelve memoria. Y tu memoria, Maestro, es una fuga inmortal que no cesa.



Tu legado es una nota que nunca se apaga.

Tu bondad, un pedal que sostiene el cielo.


Gracias Maestro 

Gracias Don Víctor Urban 




Paco Rentería 



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