LA ERA DE LA ATROCIDAD

 CONSCIENCIA Y ENFERMEDAD MORAL


Vivimos en época de contradicciones extremas. Nunca en la historia humana hemos tenido tal capacidad tecnológica para aliviar el sufrimiento, y nunca hemos sido testigos de tal sofisticación en su infligimiento. 


Lo que hoy vivímos no son aberraciones aisladas, sino manifestaciones de sistemas interconectados. Matar por dinero o acabar con pueblos para beneficio de oligarcas, apunta al corazón de la cuestión: hemos construido estructuras económicas y políticas que racionalizan la inhumanidad. El filósofo Zygmunt Bauman acuñó el término "daño colateral" para describir cómo el lenguaje burocrático vacía de significado moral las consecuencias humanas de decisiones tomadas a distancia. Gaza, Ucrania, Sudán—cada conflicto tiene sus particularidades, pero comparten la transformación de seres humanos en abstracciones: cifras, amenazas, "daños colaterales".


La supremacía adopta formas adaptativas: ya no solo racial, sino económica, nacional, ideológica. Las familias separadas por ICE, los refugiados ucranianos desarraigados, los palestinos desplazados durante generaciones—todos testifican cómo los Estados modernos ejercen violencia a través de la separación sistemática.


La tecnología nos hace "testigos silenciosos". Vivimos la paradoja de una hipervisibilidad combinada con una inacción estructural. Las cámaras de los teléfonos documentan atrocidades en tiempo real, los algoritmos nos muestran el sufrimiento mundial junto con publicidad de zapatillas, y nuestra empatía se fragmenta en la sobrecarga informativa. El filósofo Günther Anders describió esta condición como "la vergüenza prometeica": la vergüenza de ser humano cuando nuestras creaciones nos superan moralmente.


La tecnología, neutral en sí misma, amplifica tanto la crueldad como la compasión. Los drones que matan a distancia coexisten con las campañas de micromecenazgo para víctimas de guerra. La misma red que difunde discursos de odio conecta a activistas globales. El problema no es la tecnología, sino nuestra elección colectiva sobre su uso.


Lo más perturbador es "injusticia disfrazada de falsa y mortífera justicia". Hannah Arendt nos alertó sobre cómo los regímenes totalitarios no se presentan como criminales, sino como cumplidores de leyes históricas o naturales. Hoy, las invasiones se justifican como "operaciones especiales", la tortura como "interrogatorio mejorado", el colonialismo económico como "desarrollo". El lenguaje se corrompe para hacer lo innombrable parecer necesario, incluso noble.


Esta corrupción del lenguaje es quizás el síntoma más peligroso de nuestra enfermedad moral. Cuando "seguridad" significa segregación, cuando "libertad" significa impunidad para los poderosos, cuando "progreso" significa devastación ecológica, hemos perdido nuestra brújula ética fundamental.


Rechazo a llamar "humanos" a quienes perpetran estas atrocidades. El dilema ético central del siglo XXI podría formularse así: ¿nuestra humanidad se define por nuestra biología o por nuestras acciones? Los perpetradores son humanos, precisamente por eso son tan terribles. Reconocer esta humanidad compartida es más perturbador que negarla, porque nos fuerza a confrontar nuestra propia capacidad para el mal bajo ciertas condiciones.


Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto, sostenía que incluso en las condiciones más brutales, los seres humanos conservan "la última de las libertades humanas: la actitud personal ante un conjunto de circunstancias". Hoy, esa libertad se ejerce no solo en campos de concentración, sino en las decisiones cotidianas: qué consumimos, a qué prestamos atención, qué normalizamos con nuestro silencio.


Vivir con conciencia plena en 2026 es una forma de martirio secular. Pero en ese martirio yace también la posibilidad de redención. El poeta poluco Czesław Miłosz escribió: "Lo que no se ha expresado / cae, como es justo, en la nada". Nuestro repudio expresado es ya un acto de resistencia contra la nada moral.


Los ejemplos de solidaridad existen—médicos que cruzan fronteras para atender enemigos, periodistas que arriesgan sus vidas para documentar verdades, comunidades que acogen desplazados—pero no constituyen titulares virales. Son la contranarrativa silenciosa a la historia de la crueldad.


Nuestra tarea en este tiempo no es encontrar consuelo, sino dignificar nuestro desconsuelo. La tristeza que expreso no es patología, sino respuesta adecuada a la realidad. El problema no sería sentir esta angustia, sino dejar de sentirla.


El ensayista bielorruso Svetlana Alexiévich, al documentar las voces de los sobrevivientes de Chernóbil y otras catástrofes, demostró que escuchar el dolor es el primer paso hacia su trascendencia. En un mundo que nos invita al adormecimiento o al cinismo, mantener la capacidad de indignación es un acto de no descender en nuestra humanidad.


Vivir en este mundo no es solo triste: es profundamente difícil. Pero en esa dificultad reconocemos nuestra humanidad no perdida. Como escribió Albert Camus: "En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible". El verano invencible no es la ignorancia del invierno, sino la capacidad de nombrarlo, repudiarlo y, desde ese repudio, construir pequeños refugios de humanidad auténtica.


Nuestra esperanza no reside en la ausencia de mal, sino en la persistente presencia de quienes, como usted o yo , nos  negamos  a llamarlo normal.


Paco Rentería 

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